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La Promesa de un Traidor

  Hace a?os, antes de las cenizas y el ascenso de Arthur, existían tres leyendas: Attila, Réka y aquel que hoy llaman Peter Pan. Eran los pilares de Pannonia. Cuando Arthur atacó, ellos fueron la primera línea de defensa. Attila y Réka murieron como héroes; Peter Pan, sin embargo, fue condenado a algo peor: la servidumbre. Para probar su lealtad, Arthur lo obligó a exterminar a su propio pueblo. él creyó haber cumplido con su macabra tarea... hasta hoy.

  —Ese brillo en los ojos... lo recuerdo. Es la marca de Réka —murmuró Peter Pan, ignorando por un segundo el caos a su alrededor—. Y el hecho de que sigas en pie bajo mi presión significa que heredaste las habilidades de ambos. Interesante.

  Pista, con la mirada encendida y el rostro tenso, recogió una hoja seca del suelo. En un instante, la materia orgánica se retorció y brilló hasta convertirse en una placa de hierro tosca y afilada. Era la Transmutación, el don de su madre. Una gota de sangre resbaló por la nariz del ni?o; el esfuerzo de saltar etapas evolutivas le estaba pasando factura.

  —Lo lograste rápido —asintió Peter Pan—. Aunque el arma sea rudimentaria, transmutar materia orgánica a inorgánica es un milagro. Pero basta de charla; es hora de ver si esa herencia sirve para algo en el campo de batalla.

  El gigante esquivó un golpe de tungsteno de Máté con un movimiento fluido.

  —?Te vamos a romper la boca para que dejes de ladrar! —rugieron Máté y Benedek al unísono, atacando como un solo hombre.

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  Pista se lanzó al frente sin dudar. Su peque?a silueta se movía en fracciones de segundo, apuntando su hoja de hierro hacia el cuello del gigante. Peter Pan lo esquivó con una facilidad insultante, pero el ataque conjunto de Máté, Pista y Benedek lo obligó a retroceder por primera vez.

  —Nos volviste a ignorar... vas a da?ar nuestros sentimientos —intervino Zora, apareciendo desde las sombras junto a Lázaro.

  Las flechas de Lázaro silbaron como advertencia, y aunque Peter Pan las evadió, no pudo prever el tajo de Zora. La espada de la legionaria se hundió en su espalda, pero la masa muscular del coloso era tan densa que el acero apenas logró ara?ar la superficie antes de quedar atrapado.

  —Las cucarachas suelen unirse en grupo —gru?ó Peter Pan, lanzando una patada devastadora hacia Zora.

  Benedek interceptó el ataque, bloqueando con sus antebrazos endurecidos al límite. El impacto hizo crujir sus huesos, pero mantuvo la posición, permitiendo que Máté conectara un pu?etazo brutal en la mandíbula del gigante mientras Pista lograba abrir un corte largo y sangriento en su pecho.

  —?Qué pasa? —se burló Máté, notando que la sonrisa del gigante se había desvanecido—. ?Le tienes miedo a los "insectos"?

  —?Yo? Debes estar bromeando —Peter Pan recuperó la compostura, aunque las peque?as gotas de sangre ya manchaban su piel—. Yo no temo a los débiles.

  Lanzó una nueva ofensiva, pero el grupo ya se había adaptado a su ritmo. Cada tajo y cada golpe de tungsteno se acumulaban. Peter Pan rugió, lanzando un golpe doble contra Máté y Benedek, pero en su interior, un pensamiento recurrente lo mantenía firme: “No puedo morir aquí. Se lo prometí a ambos. Juré que no moriría hasta estar seguro de que Arthur también caiga”.

  El reloj de la historia retrocedió en su mente. Veinticinco a?os atrás, un ni?o nació en la antigua Pannonia. Un ni?o con una habilidad que el mundo aprendería a temer: el control absoluto de la gravedad.

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