El regreso a la aldea fue silencioso, no por falta de palabras, sino por el peso de todo lo ocurrido.
Ares, Sylas y Grumak avanzaban con paso firme entre los árboles, cargando el botín de la fisura: armas saqueadas, núcleos menores y los trofeos que certificaban la tarea cumplida.
El sol comenzaba a caer cuando cruzaron la empalizada. Durante un instante, los guardias se quedaron observándolos, reconociendo las armas manchadas y las marcas del combate. Uno de ellos dio un paso al frente y golpeó su pecho con el pu?o cerrado.
—Thrak’zul- —saludó en lengua orca, con respeto genuino.
Grumak respondió con un gru?ido bajo y un leve asentimiento antes de seguir avanzando, guiando a los chicos directamente hacia la jefatura. Allí entregaron el informe, el botín y recibieron el pago correspondiente, sin ceremonias ni festejos innecesarios.
La misión estaba cumplida.
Pero el verdadero asunto esperaba después.
Una vez libres de obligaciones, Ares tomó aire y se giró hacia Grumak.
—Grumak… necesito que llames a Korvash. Tengo algo que contarles.
El orco arqueó una ceja al notar la seriedad inusual en el muchacho, pero no hizo preguntas. Asintió y se puso en marcha.
No pasó ni media hora antes de que los cuatro estuvieran reunidos bajo el techo de Grumak. Ares permaneció sentado unos segundos en silencio, ordenando sus pensamientos. Luego respiró hondo.
—Cuando maté a ese hombre… —comenzó— cuando esa luz entró en mí… entendí lo que había pasado.
Levantó la vista, inseguro.
—No fue solo aura. No fue casualidad. En mi mente apareció una idea. Como un nombre… el eco del primer abatido.
Tragó saliva.
—Es una habilidad. El altar no me dio poder directo. Me dio esto.
Grumak frunció el ce?o.
—?Entonces ahora tienes aura y maná, muchacho?
—No —respondió Ares, bajando la mirada—. Solo desperté un tipo de aura. Una que controla la energía cinética.
Hizo una pausa.
—Y parece que solo puedo obtener una habilidad por cada criatura… la primera vez que la mato.
Sylas abrió los ojos, inquieto.
—Entonces… cada vez que mates algo por primera vez… ?vas a absorber parte de su poder? Pero en la cueva… los dos gnolls te dieron esa luz…
—No —interrumpió Korvash, alzando una mano—. Es simple.
Su voz grave llenó la habitación.
—El primer gnoll fue el tributo al altar. El segundo fue su verdadero primer abatido. Ahí se activó la habilidad.
Grumak asintió, apoyando los codos sobre sus rodillas.
—Y aun así, no obtienes lo que quieres, Ares. No eliges.
Lo que recibes son fragmentos. Ecos incompletos de aquello que matas. Y hay límites.
Si no los hubiera, no te habrías desmayado después de ese destello.
Ares apretó los pu?os sobre sus piernas. Era mucho más grande de lo que había imaginado.
Pero también era suyo.
Lo había despertado. Y ahora debía aprender a controlarlo.
Korvash rompió el silencio.
—No desperdicien esa habilidad. No con presas menores.
Miró a Grumak.
—Cada especie poderosa que enfrente puede darle una base distinta. Cuantas más tenga, más rápido podrá dominarlas cuando llegue el momento.
Grumak aceptó a rega?adientes. No le agradaba empujar a un muchacho a enfrentar criaturas que normalmente evitaban, pero entendía que ese poder no crecería sin desafíos reales.
Así comenzó la rutina: viajes periódicos, cacerías selectivas, enemigos que antes se esquivaban y ahora se estudiaban. Cada destello del Eco era observado con atención.
Tres a?os pasaron como pasa una hoja al caer: en silencio, inevitables.
Ares cumplió diecisiete. Sylas, dieciséis. En ese tiempo no solo crecieron en estatura y temple; se moldearon bajo caminos distintos.
Grumak entrenó a Ares todo lo que pudo. Le dio fundamentos, disciplina y oficio, pero sabía que la aldea ya no bastaba. Sin el mundo exterior o la torre, no habría más progreso.
El orco convirtió al muchacho en un herrero excepcional, con un fuego interno que ardía más que cualquier fragua.
Korvash, por su parte, profundizó el dominio de Sylas sobre la sombra. El joven desarrolló todas sus afinidades y aprendió a usar su aura de propiedades con precisión y control.
Ares había cambiado de forma evidente. A sus diecisiete a?os, su cuerpo ya no conservaba rastros del ni?o que había llegado a Forzalia. Era alto y ancho de hombros, con brazos endurecidos por la fragua y el combate. Las manos, marcadas por quemaduras antiguas y callos, hablaban tanto de acero como de sangre. Su postura era firme, pesada, como si siempre estuviera anclado al suelo. En sus ojos había determinación, pero también una tensión constante, como si cada movimiento contuviera una fuerza que aún no dominaba del todo.
Sylas, en cambio, era más delgado y estilizado. Su crecimiento había sido más silencioso, menos evidente a simple vista, pero no menos peligroso. Se movía con ligereza, casi sin ruido, y su mirada era aguda, calculadora. Donde Ares imponía presencia, Sylas imponía precisión. La sombra parecía responderle de forma natural, acompa?ando sus gestos, plegándose a su voluntad sin necesidad de ser llamada abiertamente.
Juntos ya no parecían aprendices.
Parecían dos combatientes en formación, cada uno afilado de una manera distinta.
Grumak y Korvash intercambiaron una mirada breve, cargada de comprensión. Luego, Grumak se inclinó hacia Ares.
—Escucha, muchacho —dijo con seriedad—. Forzalia ya no puede ofrecerte más que lo que has aprendido aquí. Tu potencial no crecerá dentro de estos muros. Si realmente quieres dominar lo que despertaste, tendrás que salir.
Korvash asintió, su voz grave resonando en la habitación.
—El Reino Aetherial es vasto y peligroso, pero allí encontrarás lo que necesitamos que veas: gremios, maestros, recursos… un lugar donde tu habilidad puede desarrollarse de verdad. Un gremio no solo te dará aliados, sino también conocimiento y oportunidades para enfrentarte a desafíos que aquí no existen. Y si quieren alcanzar la Torre, ese será su primer paso. No hay otra forma de llegar sin experiencia y respaldo.
Sylas y Ares intercambiaron una mirada cargada de emoción y nerviosismo. La idea de dejar Forzalia, su hogar seguro, era aterradora, pero también tentadora.
—Un gremio —repitió Ares, lentamente—. Entonces… allí es donde debemos ir para llegar a la Torre.
—Exactamente —confirmó Grumak—. Pero no olviden esto: salir al mundo no significa solo ganar poder. Significa aprender, adaptarse y sobrevivir. Lo que vean allí determinará qué tipo de guerreros llegarán a la Torre.
La decisión no fue repentina, pero sí inevitable.
Forzalia había sido refugio, forja y límite. Todo lo que podían aprender allí ya había sido extraído a fuerza de golpes, errores y repetición. Ares lo sabía. Sylas también. Y tanto Grumak como Korvash llevaban tiempo viéndolo venir, aunque ninguno lo hubiera dicho en voz alta.
No se trataba solo de partir.
Se trataba de saber si estaban listos.
En la tradición de la aldea, ningún aprendiz abandonaba el territorio sin antes medirse contra aquello que lo había formado. No como desafío de orgullo, ni como rito de humillación, sino como confirmación. Un último enfrentamiento para observar postura, criterio y temple bajo presión real. Por eso el duelo era necesario.
Y por eso no sería individual.
—Van juntos —declaró Korvash cuando la idea fue planteada—. Entrenaron juntos, sobrevivieron juntos y van a marcharse como hermanos. No tendría sentido separarlos ahora.
Grumak estuvo de acuerdo. No era una prueba de fuerza aislada, sino de sincronía.
El formato quedó sellado sin discusión:
dos contra dos.
Antes de comenzar, se permitió a los muchachos establecer una condición. No una ventaja, sino una elección estratégica. Una forma de demostrar que entendían contra qué se enfrentaban.
Ares y Sylas se apartaron unos pasos, hablaron en voz baja durante unos segundos y regresaron con la decisión tomada.
—Grumak no usará aura —dijo Ares, firme.
—Korvash no usará maná —a?adió Sylas.
Hubo un breve silencio.
La elección no era impulsiva. Para cualquiera que conociera a los orcos, resultaba incluso lógica. Grumak sin aura seguía siendo una bestia de combate cuerpo a cuerpo, pero limitado a lo físico. Korvash sin maná quedaba privado de sus artes más destructivas.
Creyeron que era la opción más inteligente.
Grumak soltó una risa baja.
—Así que eso eligieron.
Korvash inclinó apenas la cabeza, aceptando la restricción sin objeciones.
—Está bien —dijo—. Pero no confundan límites con debilidad.
No hubo más advertencias.
Los maestros podían usar todo lo que sabían, aun bajo esas condiciones. Los muchachos también. No habría contención artificial, ni golpes fingidos. El combate se detendría solo cuando quedara claro lo que debía quedar claro.
Los orcos comenzaron a reunirse alrededor del claro, formando el círculo ritual sin decir palabra. No estaban allí para animar. Estaban allí para observar.
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Ares y Sylas tomaron posición frente a Grumak y Korvash.
No como alumnos.
No como ni?os.
Como dos hermanos a punto de dar el primer paso fuera del único hogar que habían conocido.
El combate comenzó con una separación natural.
Ares sacó una daga y se cortó la palma de la mano.
La sangre brotó y giró alrededor de su antebrazo, formando una capa espesa y vibrante.
Grumak avanzó hacia Ares, pesado, firme, ocupando espacio.
Korvash se desplazó hacia Sylas, ligero, casi flotando sobre el terreno.
No fue una decisión hablada. Fue instinto de veteranos.
Sylas actuó primero.
Su cuerpo se hundió en la sombra proyectada por uno de los postes del claro. La oscuridad lo engulló por completo y, un instante después, emergió desde otra sombra a espaldas de Grumak. Giró sobre sí mismo y lanzó una patada directa a la nuca del orco.
Grumak reaccionó tarde, pero no mal. Alzó el antebrazo y bloqueó el golpe con un impacto seco. La fuerza lo hizo inclinarse apenas hacia adelante, lo suficiente para confirmar que el ataque había sido bien ejecutado.
—Buen intento —gru?ó.
Antes de que Grumak pudiera girar, Sylas ya se había apartado. Extendió ambas manos y tres carámbanos se formaron frente a él, disparándose en rápida sucesión contra el orco.
Grumak respondió levantando el brazo. El maná de agua surgió desde el suelo a gran presion, bloqueando los proyectiles haciendo que caigan al suelo.
Ares entró en ese momento.
Corrió directo hacia Grumak y, al llegar a rango, cargo el dash que ya tenia nombre hacia grumak, “Zancada Ligera” desde las piernas. Su hombro chocó contra el torso del orco con un golpe profundo. Grumak fue empujado varios metros hacia atrás, dejando marcas en la tierra.
Mientras tanto, Korvash ya estaba sobre Sylas.
No corrió hacia él. Dio un paso corto y apareció a su costado. Sylas giró de inmediato y levantó el brazo. Esferas arcanas surgieron a su alrededor y comenzaron a girar, interceptando el golpe de Korvash. Una de ellas estalló al contacto; la segunda logró desviar el impacto.
Sylas retrocedió dos pasos, respirando con rapidez, pero manteniendo la concentración.
—Te mueves bien —dijo Korvash—. Pero piensas demasiado.
Korvash volvió a desplazarse, obligando a Sylas a cambiar de posición. Sylas golpeó el suelo con el pie y un bloque de hielo emergió frente a Grumak, intentando frenar su avance hacia Ares.
Grumak rompió el hielo con un latigazo de agua y permitio que el lider de la tribu siga avanzando.
Sylas aprovechó el segundo ganado y alzó la mano. Un proyectil arcano descendente cayó desde arriba, dirigido a Korvash. El líder tribal se deslizó bajo el ataque, dejando que la energía impactara contra el suelo a su espalda.
La sombra del poste se alargó.
Sylas la manipuló como un brazo oscuro y golpeó a Korvash en el costado, rompiendo por primera vez su ritmo de movimiento.
—?Ares! —gritó— ?Puedes impulsarte!
—?La sombra? —respondió Ares sin dejar de pelear con Grumak.
—?Sí!
Ares dio un paso lateral y pisó la sombra. Utilizó su zancada ligera al mismo tiempo que acumulaba energía cinética con su aura y se deslizó sobre ella, usando el impulso para lanzarse hacia arriba. En el aire liberó un segundo estallido de la energía acumulada previamente y cambió de dirección, cayendo con el pu?o preparado directo hacia Korvash.
Grumak reaccionó al instante. Se interpuso entre ambos, cruzando los brazos y levantando una capa de agua que amortiguó el golpe. Aun así, el impacto lo obligó a retroceder un paso completo.
Grumak contraatacó con un latigazo de agua. El golpe impactó contra el escudo de sangre, que absorbió parte de la fuerza y salpicó en el aire. Ares resistió, apretando los dientes.
Ares avanzó y lanzó un corte superficial de energía cinética dirigido a Korvash.
Grumak reaccionó de inmediato, dando un paso lateral y recibiendo el ataque de lleno. Fue empujado varios metros hacia atrás, clavando los pies para no caer.
Entonces ares aprovecho su sangre que habia salpicado el campo de batalla para impactar nuevamente a grumak con agujas de sangre a gran velocidad, que impactarian haciendo retroceder nuevamente al ogro.
Korvash intervino apareciendo entre los hermanos, se había movido tan rápido, que los chicos no habían podido ver en que momento lo hizo.
El líder de la tribu, giró el torso y golpeó a Sylas con el antebrazo en el costado. Las esferas arcanas absorbieron parte del impacto, pero Sylas fue lanzado contra el suelo, rodando hasta detenerse de rodillas.
Ares giró para asistirlo.
Korvash se desplazó y golpeó con precisión el codo de Ares. Su brazo se entumeció al instante y abrió la mano involuntariamente, haciendo que su espada caiga al suelo.
En ese mismo segundo, Grumak levantó el pie.
Una columna de agua comprimida surgió del suelo y golpeó a Ares de frente, lanzándolo varios metros hacia atrás. Ares cayó, jadeando, sin poder reincorporarse de inmediato.
Sylas intentó levantarse y alzó la mano. Sombras y hielo comenzaron a formarse, pero Korvash cruzó la distancia y apoyó dos dedos en su pecho, el chico entendio que habia perdido.
Grumak avanzó hasta Ares, levantó el pu?o y lo detuvo a centímetros de su rostro. La presión del golpe no dado lo empujó contra el suelo, inmovilizándolo.
—Basta —dijo Korvash.
El combate terminó.
Los maestros seguían en pie.
Los alumnos, no.
Pero ambos habían obligado a Grumak y Korvash a tomarlos en serio.
Luego del duelo, ambos maestros decidieron que era prudente dejar a los hermanos, ir a la capital del reino.
—Estan listos renacuajos— dijo korvash con una sonrisa disimulada.
— Vayan a darle un susto a esos perros de la capital— les dijo korvash mientras alzaba el pulgar
La fragua seguía encendida cuando el resto de la aldea dormía.
Ares trabajaba con una energía distinta a la del combate. No había tensión ni urgencia, sino una expectativa constante, casi alegre. Cada vez que el fuego rugía un poco más alto, él sonreía, como si ese sonido confirmara algo que ya sabía: al amanecer, el mundo se abría.
Ordenó el banco de trabajo y dispuso los materiales con cuidado.
Lingotes de acero oscuro, refinados varias veces hasta perder impurezas. Fragmentos minerales de tono rojizo, resistentes al calor, y un cristal carmesí pulido hasta quedar opaco en el centro y brillante en los bordes. Nada extra?o, nada imposible. Solo materiales que respondían bien cuando se los trataba con respeto.
Empezó con la espada grande.
Colocó el acero negro en el horno y cerró la compuerta. No usó carbón adicional. En cambio, apoyó la palma sobre la piedra y dejó fluir su aura cinética, vibrando el metal desde dentro. El lingote comenzó a brillar con un rojo oscuro, profundo, como lava contenida.
—No te resistas —murmuró.
Cuando lo retiró, el acero no chisporroteó. Temblaba.
Martilló con golpes largos y medidos, estirando la hoja recta y ancha. Cada impacto iba acompa?ado de una mínima descarga de aura, no para deformar, sino para alinear la estructura interna del metal, creando canales naturales para la energía. Ese era el secreto de una espada rúnica que no se partía: no forzar la magia, sino darle caminos.
Cuando la hoja estuvo formada, Ares se detuvo.
Tomó la daga que usaba para trabajar y se hizo un corte limpio en la palma. La sangre cayó sobre la hoja aún caliente y siseó al contacto. No la dejó correr al azar. La extendió con los dedos, marcando el centro, el inicio y el final del filo.
—Que me reconozcas —murmuró.
Las runas se grabaron después. Tres líneas angulares, agresivas, trazadas con una mezcla de polvo mineral rojo y su propia sangre ya oscurecida. No eran símbolos ornamentales. Eran caminos. Las trazó con movimientos agresivos, angulares. Tres líneas recorrieron la hoja, destinadas a encenderse solo cuando él lo permitiera. Cuando las terminó, el metal pareció asentarse, como si hubiera aceptado la marca.
La guarda la forjó más gruesa, ligeramente curvada hacia adelante. No por estética, sino porque ahí incrustó restos solidificados de magma cristalizado, obtenidos del cadáver de una bestia subterránea. Esos fragmentos absorbían el calor sobrante, evitando que la hoja se sobrecargara.
El pomo fue lo último.
Ahí colocó el cristal carmesí. No lo selló del todo. Lo dejó “respirar”. Cuando terminó, alzó la espada y sintió la vibración recorrerle el brazo.
Enji estaba completa.
No ardía.
Esperaba.
Alzó la espada. En reposo, Enji era austera, robusta. Al moverla, el aire parecía apartarse apenas.
Ares la apoyó contra la pared con cuidado y se giró sin perder tiempo.
La segunda mesa estaba preparada con materiales más ligeros.
Acero claro, trabajado en capas finas. Cristales azules peque?os, pulidos hasta quedar lisos como vidrio frío. Filamentos metálicos delgados para el guardamano, flexibles pero resistentes.
La hoja de la ropera se formó con paciencia. Cada golpe era corto, preciso. Ares giraba la espada constantemente, probando el balance incluso antes de terminarla. No necesitaba que fuera fuerte. Necesitaba que respondiera.
El guardamano tomó forma como una jaula elegante, protegiendo la mano sin estorbar el movimiento. En los puntos clave incrustó los cristales azules, asegurándolos con una aleación clara que no interfería con el flujo mágico.
La combinación de auras fue el último paso.
Ares preparó una mezcla simple, medida con cuidado. Al aplicarla en la punta y el centro de la hoja, dejó que el acero la absorbiera lentamente. El efecto no se notaba a simple vista, pero al probar un movimiento rápido, la ropera dejó un rastro apenas visible, como una vibración fría.
Satisfecho, dio un paso atrás.
Las dos espadas descansaban juntas sobre el banco.
Una pesada, marcada con sangre y fuego contenido.
La otra ligera, precisa, pensada para abrir espacios.
Ares se pasó una mano por el cabello, cansado y feliz.
Imaginó la cara de Sylas al verla. Imaginó el primer día fuera de la aldea, el primer camino que no conocían, el primer combate real lejos de casa.
Apagó la fragua con cuidado.
El fuego se extinguió, pero la emoción no.
Dejó las dos espadas apoyadas sobre el banco y se permitió observarlas con calma, como si recién entonces pudiera verlas completas.
Tomó primero la espada grande.
Enji exigía ambas manos desde el primer contacto. El mango largo obligaba a una postura firme y estable, y el peso de la hoja se hacía notar sin resultar torpe. Al moverla lentamente, no ocurrió nada fuera de lo normal: el metal permanecía silencioso, contenido, sin emitir calor ni vibración.
Al canalizar una cantidad mínima de aura, la respuesta fue inmediata y controlada. Las runas grabadas a lo largo de la hoja se iluminaron con un brillo rojo intenso, estable, y el cristal del pomo emitió una vibración breve. El filo comenzó a irradiar calor real, no como una llama visible, sino como una temperatura interna que acompa?aba el movimiento del arma.
El efecto era claro: el impacto produciría una quemadura adicional sin comprometer la estructura de la hoja. El encendido no estaba dise?ado para mantenerse de forma continua, sino para activarse en ventanas cortas, precisas.
La sangre integrada en las runas cumplía otra función. En caso de que la espada quitara la vida de un enemigo relevante, parte de su vitalidad quedaría retenida en la hoja. Esa energía podría liberarse más adelante, ya sea para recuperar fuerzas o para reforzar temporalmente el cuerpo del portador. No era un proceso automático ni constante, sino un recurso limitado, reservado para momentos específicos.
Dejó Enji en su lugar y tomó la ropera.
Reiji era notablemente más ligera. Respondía al movimiento de la mu?eca con precisión inmediata, sin arrastre ni resistencia innecesaria. Al realizar una estocada corta, la hoja mantenía una trayectoria limpia, pensada para tocar y retirarse con rapidez.
Al canalizar energía, la hoja reaccionó en capas. El primer pulso condensaba el aura azul en el punto de impacto, generando un enfriamiento localizado que entumecía y ralentizaba los movimientos del objetivo durante un breve lapso. No inmovilizaba ni derribaba: solo reducía la capacidad de reacción.
El segundo pulso, asociado al aura roja, producía una vibración interna en el metal. Al impactar, esa vibración se transfería al cuerpo del enemigo, alterando su ritmo y coordinación por un instante. El efecto no era violento ni prolongado, pero suficiente para abrir un espacio o forzar un error.
Ambas espadas cumplían funciones distintas.
Enji estaba pensada para enfrentamientos directos, con activaciones puntuales y efectos acumulativos a largo plazo.
Reiji priorizaba el control del combate, la precisión y la manipulación del ritmo del oponente.
Ares dejó las armas lado a lado sobre el banco.
El trabajo estaba terminado.
Al amanecer, no solo partirían.
Partirían armados con algo que él mismo había creado.

