No sé si tú pensaras igual, pero en ocasiones siento que el tiempo es una herida que no deja de supurar, solo que, a veces, el dolor se vuelve tan familiar que olvidas que estás sangrando.
Habían pasado un par de semanas desde que dejamos atrás Leokvaar. Si me preguntaras cuanto hemos recorrido, solo sabría responderte en términos de cuántas veces se me había acalambrado el culo en estos días. Viajar con un druida y una Herrera es como ser el vértice de un triángulo de rarezas que atrae todas las miradas de todo aquel que nos cruzábamos por el camino
Llegamos a Kangras cuando el sol todavía no se decidía si anunciar el medio día, filtrándose entre una neblina que olía a turba quemada y a estiércol de corral. No era el destino épico que uno esperaría tras tantas jornadas de polvo en el pelo... los ojos, en el interior de los calzones... y hasta en los propios pulmones, pero era un refugio para todas esas almas que vivían en paz de las tierras de su se?or. El pueblo que parecía mas un asentamiento formado por un pu?ado de casas de piedra y madera que parecían aferrarse a la ladera de la colina como costras en una rodilla vieja, estaba lleno de granjas rodeadas de múltiples cultivos e incluso algo de ganado, no era mal lugar, la verdad, solo que yo estaba mosqueado porque no lograba controlar la magia de aquel grimorio eléctrico con el que he de confesar, me acabé electrocutando en dos ocasiones... Y a Sigrid una... en ese momento, sentí el terror, a pesar de su fornido cuerpo, la herrera resultaba tan rápida y ágil como su lengua a la hora de burlarse de mí..
Mientras el sol de la tarde empezaba a calentar mis botas, me encontraba allí sentado. Mis piernas colgaban del borde de la carreta, balanceándose con un ritmo perezoso que me hace sentir algo ridículo. En mis manos reposaba el grimorio. El cuero desgastado de las tapas y el aroma a pergamino antiguo que habia sido digerido por un mimético, era lo único que me mantenía anclado a quien solía ser antes de que todo saltara por los aires en aquella maldita cueva... Pero no lograba atinar a ningún puto conejo con los rayos... Ni con las flechas... Os juro que cuando cazaba con mi padre era mucho mas diestro, incluso Ian me dijo que no se me daba mal...
A veces levantaba la vista y los observaba.
Allí, en la casa comunal, era un edificio largo que exhala humo rancio por el tejado de paja, Donovan estaba en su interior, haciendo lo que mejor se le da. Podía ver su enorme silueta de vez en cuando recortada en la penumbra de la entrada. El gran monje druida, el Minotauro que podría partir un hombre por la mitad sin pesta?ear con sus propias manos, estaba ahora mismo inclinado sobre un campesino que probablemente su dolencia genital se hubiera generado en el trasero de una de sus ovejas. Resultaba irónico que me amarga la lengua, un ser nacido de naturaleza salvaje, se encontraba curando a los necesitados, mientras yo, un mago formado... Bueno sí, casi formado en la academia más prestigiosa de Farenwerl, me paso los días estudiando cómo no morir por mis propios conjuros mientras me como los mocos en un carro cuando mis compa?ero están desaparecidos... o peor...
Un estruendo metálico me arrancó de mis pensamientos. No hacía falta mirar para saber que Sigrid ha encontrado la minúscula herrería local y que el due?o, cansado de su insistencia, le había permitido usas sus herramientas. El sonido del martillo golpeando el yunque llegaba con un eco que me hacía vibrar los dientes. Me la imaginaba allí dentro, con esa piel pálida perlada por el sudor, brillando bajo el calor del horno, dándole lecciones a un herrero que probablemente lleve treinta a?os haciendo azadas y que ahora tenía a una mujer con brazos como muslos, explicándole por qué su acero es una basura absoluta... Pobre hombrecillo, Sigrid no sabía estar quieta, necesitaba el fuego y el impacto del metal como yo mi magia.
A diferencia de ella, yo solo necesitaba este silencio para entender por qué la magia de ese grimorio me odia tanto que llevaba los últimos tres días con los pelos de punta.
Volví a bajar la mirada al papel. Mis ojos recorrieron las líneas que describen aquella fascinante Magia de Rayo. Puestos a tener que haceros entender por que tengo tanto ahínco en aprender a controlar esta magia casi olvidada es que la magia elemental, no solo es afinidad para el mago, es algo así como... ?Como decirlo? El fuego es pasión, la compresión es control... pero el rayo es puro caos, el agua es una mierda, el viento es de asesinos y el hielo... Me da miedo. La academia nos ense?aba como el arma definitiva no era un conjuro, pero venga, decirme que lanzar una descarga, freír al enemigo, o congelar lo vivo no te acerca más rápido al fin de la historia. Pero allí, rodeado de barro, me daba cuenta de lo poco práctico que era. Si lazaba un rayo en ese mismo momento, la humedad del aire o la punta metálica de un puto clavo actuarían como un pararrayos. Malgastaría mi energía para crear un espectáculo de luces que solo conseguiría chamuscarme las cejas.
No es el proyectil, es la carga, reza una anotación al margen con una caligrafía que apenas reconozco como mía de hacía unos días. Empezaba a pensar en la electricidad no como una flecha, sino como una inundación. ?Por qué lanzarlo por el aire cuando el suelo está justo aquí? Si lograra expandirlo por el suelo, no habría necesidad de apuntar.
Cerré los ojos un segundo, dejando que el murmullo del pueblo, el llanto de un bebé, el balido de una oveja, el eco del martillo de Sigrid, me envuelva ?Sera la oveja que ha provocado sus problemas al desdichado paciente de Donovan? Es curioso. Se supone que era uno de Los Imperfectos, erradicadores de monstruos. Y aquí estaba, acompa?ando a un sanador de pueblo, aguantando a una herrera loca y de bibliotecario so?ando más con un puto conejo esquiva flechas que con Wenny, aunque eso era bueno, creo.
Era la forma de viajar más extra?a que he experimentado jamás. Y lo peor era que, por primera vez, no sentía la necesidad de salir corriendo en busca de una aventurilla de tres al cuarto para reafirmarme como persona.
Noté una presencia peque?a justo al lado de una de las ruedas.
—?Que hace?
La voz sonó peque?a, fina como un hilo de seda, pero en el silencio de mi rincón de la carreta sonó como el chirrido de bisagras oxidadas. Di un respingo tan brusco que el grimorio estuvo a punto de salir volando hacia el suelo. Cerré el libro de golpe produciendo un sonido seco, como una bofetada seca.
Me giré esperando ver a un hada o un duende, pero lo que encontré fue un par de ojos, grandes y redondos, relucían con curiosidad a pesar de que apenas asomaba por encima de la madera de la rueda.
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Se trataba de una ni?a. No tendría más de siete a?os. Tenía el pelo casta?o enredado en nudos imposibles que desafiaban las leyes de la naturaleza y una fina túnica de lino que había visto mejores tiempos, probablemente de antes de que ella misma naciera. Una mancha de barro en su mejilla izquierda parecía el mapa de un continente olvidado.
Por alguna razón sonreí al verla.
Me quedé mirándola un segundo, debatiéndome entre mi instinto natural de mandarla a paseo con un gru?ido como habría hecho en compa?ía de mi grupo, pero ahora las cosas eran diferentes.
—Leo —respondí finalmente. Traté de que mi voz no sonara como el crujido de una puerta vieja e incluso forcé una peque?a sonrisa. Me dolió la cara por el esfuerzo, hacía semanas que no usaba esos músculos para algo que no fuera una mueca de frustración o de dolor, la verdad es que los últimos días no tuve que ser una buena compa?ía para Donovan y Sigird... Ese dichoso grimorio me estaba frustrando.
La ni?a no se amedrentó. Apoyó sus manos peque?as y sucias en el borde del carro y se impulsó para ver mejor. Tenía ese olor característico de los ni?os de campo.
—?Qué lees? —insistió.
—Un grimorio.
—?Y qué es un giri... norio? —preguntó, tropezando con las sílabas como si fueran piedras en el camino de su lengua.
—Un libro de magia.
Ella ladeó la cabeza, tratando de entender mi respuesta con una seriedad que me resultó extra?amente familiar.
—?Para qué sirve? —preguntó de nuevo. Me dí cuenta de que no iba a rendirse. Era persistente.
Suspiré, pero no fue un suspiro de irritación, aunque un poco sí. Miré a mi alrededor. Donovan seguía en la casa comunal y el repique de la forja, me indicaba que Sigrid seguía torturando al pobre herrero.
—Sirve... Este en concreto para sacarme de quicio —dije, tratando de simplificar algo que ni yo mismo comprendía del todo—. Pero hay muchos otros que sirven para cambiar las cosas. Mira.
Alargué la mano hacia una de las cestas que Donovan guardaba en la carreta. Cogí una de sus manzanas. Estaba un poco picada y tenía un color apagado, pero servía. La sostuve frente a los ojos de la ni?a, que brillaron con una anticipación pura.
Cerré los ojos un instante. Invoqué la magia de compresión. Sentí cómo la energía se arremolinaba en mi palma, no como una llama que quema, sino como una corriente invisible, hacía mucho tiempo que no usaba ese conjuro.
Apreté los dientes al sentir el hormigueo en las marcas de mis brazos. Alrededor de la manzana, el espacio pareció ondularse, como el aire sobre un objeto caliente. La fruta empezó a reducirse, sus fibras se apretaron unas contra otras, la piel pareció apretarse, pero solo se contrajo en su interior, la parte de arriba y de abajo desaparecieron en el interior de la fruta. En apenas unos segundos, la manzana se torno una esfera que tenía el tama?o de una nuez. Ahora era de un rojo un poco más oscuro.
—?Hala! —exclamó la ni?a, estirando una mano para tocarla.
Pero entonces llegó el precio. El hormigueo que había sentido solo fue un aviso.
Un latigazo de agonía recorrió mi antebrazo. Fue como si me estuvieran cosiendo la piel con hilo de hierro fundido. Mis marcas oscuras, ocultas bajo la manga de la túnica, empezaron a palpitar. Noté el calor irradiando a través de la tela, un resplandor azulado y violento que apenas podía ocultar.
Me estremecí, reprimiendo un gemido para no asustar a la muchacha. El dolor de la compresión era distinto al del fuego o al del rayo. Era más... intenso. Como si cada vez que intentaba reducir algo, la magia intentara triturarme los huesos de vuelta.
—?Estás bien? —La voz de la ni?a pasó de la fascinación a la preocupación en un parpadeo.
Abrí los ojos, que se me habían empa?ado por el esfuerzo sin darme cuenta. La ni?a se?alaba mi brazo con un dedo tembloroso.
—Tus brazos... han brillado. Por debajo de la ropa. Como las luciérnagas en el río.
Me cubrí lo antebrazos con las manos cruzándome de brazos, sintiendo el sudor frío bajando por mi nuca. Ella lo había visto.
—No es nada —mentí, aclarando mi garganta con un carraspeo—. Es solo... magia.
—?La magia duele?
—No, solo es que no hay que esforzarse demasiado —dije, tratando de recuperar el tono paciente mientras deshacía el hechizo.
Con un último pinchazo de dolor que me hizo ver estrellas, liberé la presión. La manzana recuperó su tama?o original, aunque quedó un poco magullada, como si hubiera envejecido un poco. Se la tendí con los dedos todavía temblorosos ante su mirada maravillada.
—Y ten cuidado con acercarte a desconocidos que leen libros raros —a?adí con un gui?o cansado.
Ella cogió la fruta como si fuera un trozo de oro. Me regaló una sonrisa que, por un segundo, hizo que el dolor de las marcas valiera la pena, y salió corriendo hacia las casas, gritando algo sobre un "mago de las manzanas".
Me quedé allí, observándola hasta que desapareció tras una esquina. Estaba pensativo. Me miré el antebrazo, donde el brillo se desvanecía dejando solo el rastro de un calor residual que parecía decirme, “la próxima vez te rompo el radio”.
La magia de compresión me estaba matando lentamente, o quizás, solo me estaba mutilando.
Levanté la vista hacia la herrería. El martillo de Sigrid se había detenido de golpe. Algo estaba cambiando en el aire de Kangras. Y no era precisamente el olor a estiércol.
Me quedé un rato largo frotándome el antebrazo, sintiendo cómo el eco se desvanecía. Por alguna razón, el grimorio pesaba sobre mis rodillas más que antes, parecía alimentarse de mi propia vitalidad cada vez que lo abría, pero estaba seguro de que todo estaba en mi mente.
El repique de la herrería no volvió a sonar. En su lugar, el silencio fue devorado por el sonido de unas botas pesadas sobre el suelo compactado. Alcé la vista y vi a un hombre de mediana edad, con el rostro curtido por el sol. Llevaba una horca al hombro, pero no como un arma, sino como una extensión de su propio cuerpo cansado.
Se detuvo a unos metros, mirando hacia donde la ni?a acababa de desaparecer. Luego, clavó sus ojos en mí con una desconfianza instintiva, la misma que le tendrías a un lobo que se sienta a mirar tu redil.
— Perdone la desconfianza, se?or. No andan los tiempos para que una cría hable con desconocidos, por muy buenas que sean sus manzanas.
—Lo entiendo —respondí, cerrando el libro con cuidado—. Yo también me escondería de alguien como yo si tuviera sentido común.
El hombre soltó una risa seca, sin rastro de humor. Se acercó un par de pasos, bajando la voz como si las paredes de adobe tuvieran oídos.
—No es por usted, es por lo que viene de fuera. Hay bandidos en los caminos del sur, gente desesperada que ya no roba por hambre, sino por vicio. Dicen que en Leokvaar hubo una explosión, había una cueva infestada de goblins a los que nadie consigue erradicar imagino que ya no será problema.
Sentí un frío repentino en el estómago. La mención de Leokvaar me escocía como sal en una herida abierta.
—He oído que ha desaparecido gente —continuó el aldeano, ajeno a mi palidez—. Comerciantes que nunca llegaron a la siguiente posta. Y los cazadores... dicen que hace menos de un mes han visto un dragón sobrevolando los picos. Una bestia de escamas negras.
Tragué saliva. El dragón, posiblemente era el que permanecía en forma esférica dentro del carro.
—La cosa está tan mal que la Guardia Real patrulla, sí —escupió el hombre en el barro—, pero solo protegen los cargamentos de la Universidad. A nosotros nos dejan las sobras y los rumores. Para colmo, hace una semana que no llegan mercaderes. Si el camino sigue cortado, en un mes estaremos comiendo corteza de pino.
Tras un par de advertencias más, el granjero se marchó por el mismo camino por que se había marchado la muchacha, y yo me recosté de nuevo en el carro con los ojos cerrados... Estaba deseando llegar a un pueblo en condiciones donde poder hablar con el gremio...
—?Sigues con esa mierda de libro?— Al final, el herrero podría descansar, pero ahora era mi turno...

