En algún lugar de un desierto colmado de soledad, un hombre adornado con dos pulseras, una en cada mano, y una gema que brillaba en una de ellas, se asomaba al horizonte. Vestía un abrigo carcomido que le llegaba hasta las rodillas y una capucha que le ocultaba el rostro. El hombre estaba te?ido de sangre, con una herida en el costado y lesiones por todo el cuerpo; su espada, rota, yacía a su lado. Sucumbía a las lesiones cuando cayó de rodillas en la arena, sumido en un leve sue?o que lo distanciaba del dolor creciente que lo atormentaba. Recordó a una chica de cabello azul metálico oscuro, cuya voz susurra: “Ya casi termina”.
En ese instante, una sensación ominosa lo sacó de su sopor. Recuperando levemente la vista y esforzándose por levantarse, divisó a dos hombres envueltos en oscuridad y carentes de forma, cada uno con un brazo perdido y heridas abiertas de las que brotaba un color blanquecino que escupían por la boca al ser observados con un poco más de detenimiento. Sus garras y colmillos, llenos de sangre, se distinguían entre la penumbra. Le gritaron:
—Tu comprensión del maná ya no es suficiente, incluso ahora que sacrificaste... comprension no como luchaste con el... no fue suficiente. Tal vez tu potencial debe estar encadenado a este punto... patético. ?A nuestro rey le agradará confirmar que estás muerto, y como prueba, le llevaremos tu cabeza!
Al escuchar esas palabras, el hombre no pudo evitar recordar la imagen de ese rey, su risa junto a su mascota y el rugido de esta al llenar de fuego y destrucción la ciudad santa. Sin importar eso, esbozó una sonrisa mientras se ponía de pie. Inclinando ligeramente las rodillas, susurró:
—Su maná es igual de putrido que su amo... ?Vengan!
Ambos combatientes intentaron cercenarle la cabeza con un movimiento rápido de pies. En el último instante, el hombre se agachó y liberó un aura dorada que se envolvía alrededor de la sangre en su mano, se?al de un control divino del maná. Las sombras se volvieron hacia él y el hombre desapareció. Cuando giraron sus cabezas, lo vieron de rodillas, alejado, sonriendo con una expresión cansada. Gritó:
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—?Púdranse!
Las sombras observaron la sangre con una ligera aura dorada en sus costillas, pero ya era tarde; una luz cegadora los aturdió. El hombre se acercó lentamente a las sombras y les preguntó:
—?Creen que su amo sienta que ustedes han muerto?
él mismo se respondió, entre risas cansadas:
—él está igual que yo, y para recuperarse debió sacrificar más. Para él, eso es mi oportunidad.
Las sombras rieron y, en sincronía, gritaron:
—?él ya logró todo lo que construiste! ?Esto está por desmoronarse! ??Crees que lograste cambiar el destino?! Nuestro rey sabe lo que hiciste. Aunque esté cansado, su objetivo se cumplirá y todos morirán. ?Y nosotros reinaremos!
Con un último grito, respondieron:
—Tú ya estás muerto y no sabes que lo estás.
Con la muerte de ellos, él comenzó a caminar. Cada paso le producía un dolor insoportable en la cabeza. Con el paso del tiempo, el atardecer se acercaba, y en ese instante, un dolor diferente brotó desde el interior de su pecho, haciéndolo caer y escupir sangre. Al caer, volvió su mirada hacia el cielo y murmuró, con la conciencia nublada:
—Estoy cerca de salvarlos, mis amigos... Casi... solo falta un poco más.
Entre el dolor, una luz blanca con un ligero tono gris descendió cerca de su cabeza. Al volverse la mirada hacia esa dirección, distinguió el rostro de una chica de cabello azul metalizado y unos ojos llenos de luz. Al caminar, su aura hacía que la arena se suavizara para acariciar sus pies. Ella le dijo:
—Vaya, te ves mal. No te preocupes, estarás bien. Te ayudaremos.
Entre el dolor y la sangre, una sonrisa de alivio apareció en su rostro al notar en ella una calidez junto con el color azul grisáceo que rompía el aire frío del desierto, un hecho indiscutible que era tan real como él. Al perder la conciencia poco a poco, recordó todo lo que había pasado, cada cosa que tuvo que hacer para llegar allí: los sacrificios, los errores y el dolor que había soportado, lo que le había sido arrebatado y aquello por lo que luchaba para preservar, así como la recompensa al final. Al recordar a las personas que lo esperaban al otro lado, una peque?a sonrisa sincera se dibujó en sus labios.
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