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Babilón

  La antropomorfa se acercó a Carlos con paso tranquilo. Sus orejas, largas y cubiertas de un pelaje claro, se movieron levemente cuando se detuvo frente a él, como si evaluara su estado antes de hablar.

  —?Tú eres Loranm, verdad? —preguntó con naturalidad.

  Carlos tardó un segundo en reaccionar. Seguía algo aturdido por el dolor en la cabeza y por la transición brusca entre mundos, pero asintió.

  —Sí… soy yo.

  —Bien. Rashak no está ahora mismo. Salió hace un rato, pero dijo que no tardaría en volver. —Luego inclinó un poco la cabeza—. ?Quieres comer algo mientras esperas?

  Carlos negó casi por reflejo.

  —No tengo dinero…

  La antropomorfa sonrió, como si ya esperara esa respuesta.

  —No te preocupes. Rashak dejó pagada una comida para cuando despertaras.

  Las palabras lo golpearon más fuerte de lo que esperaba. Carlos se quedó quieto, con la mirada fija en ella, sintiendo un nudo extra?o en el pecho. Recordó vagamente la última imagen antes de despertar en su mundo: el combate ya terminado, Rashak acercándose, la sensación de agotamiento absoluto… y luego, la oscuridad.

  —Ah… —murmuró—. Entonces… sí. Gracias.

  —Perfecto. Ven conmigo.

  La siguió hasta una mesa situada junto a la pared. El lugar estaba vivo: conversaciones bajas, el sonido de platos y cubiertos, pasos sobre la madera. Todo transmitía una normalidad casi reconfortante. Nada indicaba que, no muy lejos de allí, hubiera habido sangre y muerte hacía apenas unas horas.

  —Siéntate aquí. Ahora te traigo algo de comer —dijo ella antes de marcharse—. Por cierto, me llamo Arelia.

  —Carlos… —respondió él por costumbre, y luego a?adió—. Loranm.

  Arelia le dedicó otra sonrisa y se alejó.

  Carlos se sentó despacio, apoyando las manos sobre la mesa. Su cola se movió con lentitud detrás de él, reflejando un estado de ánimo más calmado de lo que su cabeza sentía en realidad. Pensó en Rashak, en cómo lo había protegido cuando cayó inconsciente, en cómo había llevado su cuerpo hasta un lugar seguro en lugar de dejarlo atrás como un estorbo.

  En su mundo humano, quedarse dormido en el momento equivocado solo significaba llegar tarde a clase. Aquí, podía haber significado la muerte.

  Arelia volvió poco después con un plato humeante y un vaso.

  —Come con calma. Rashak dijo que seguramente despertarías con hambre.

  Carlos observó la comida durante unos segundos antes de empezar a comer. El aroma era intenso, real. Cada bocado le devolvía fuerzas y, poco a poco, claridad.

  Shion no dijo nada.

  Ese silencio le inquietaba casi más que sus burlas habituales.

  Mientras comía, Carlos levantó la vista y pensó que este nuevo comienzo —despertar en un lugar seguro, rodeado de gente, con alguien que se había preocupado por él— no era casual. Algo había cambiado desde la noche anterior. Algo había cruzado una línea invisible.

  Y esta vez, no sabía si estaba preparado para lo que vendría.

  Carlos comía con calma, saboreando cada bocado como si quisiera alargar ese momento todo lo posible. El murmullo del lugar, el calor de la comida y el simple hecho de estar sentado sin tener que reaccionar a ningún peligro inmediato le ayudaban a ordenar un poco sus pensamientos. De vez en cuando levantaba la vista hacia la entrada, casi sin darse cuenta, esperando ver aparecer una silueta conocida.

  No pasó mucho tiempo hasta que la puerta se abrió y Rashak entró al local. Su presencia se notó de inmediato: alto, robusto, con el andar relajado de alguien acostumbrado a sobrevivir en ese mundo. Cuando sus ojos se cruzaron con los de Carlos, sonrió de lado y se acercó sin dudarlo.

  —Vaya, míralo —dijo mientras se sentaba frente a él—. La bella durmiente por fin despertó.

  Carlos casi se atraganta con la comida y soltó una risa nerviosa.

  —Oye… no fue a propósito —respondió, rascándose la nuca—. Lo siento.

  Rashak soltó una carcajada breve y negó con la cabeza.

  —Tranquilo. Pero tienes que tener más cuidado —a?adió, ya con un tono un poco más serio—. Seguramente agotaste el maná de golpe. Eso no es ninguna broma. Cuando vacías la reserva así, el cuerpo se apaga solo.

  Carlos asintió de inmediato, agradecido por la explicación… y por la excusa perfecta.

  —Sí… creo que fue eso —dijo, siguiendo la corriente—. No calculé bien cuánto estaba usando.

  —Se notó —respondió Rashak, apoyando los codos en la mesa—. Pero aguantaste. Para un novato, no estuvo nada mal.

  Antes de que Carlos pudiera responder, Rashak sacó una peque?a bolsa de tela y la dejó sobre la mesa con un sonido seco.

  —Toma.

  Carlos frunció el ce?o y la cogió con cuidado.

  —?Esto… qué es?

  —Tu parte del pago —respondió Rashak con naturalidad—. Trabajo completado, escolta con éxito y cabeza incluida.

  Carlos abrió la bolsa y sus ojos se abrieron de par en par al ver las monedas de bronce reluciendo en el interior. Contó rápidamente por encima: unas quince, más o menos. Su primer pago real como aventurero.

  —?En serio…? —murmuró, incapaz de ocultar la emoción—. ?Todo esto… es mío?

  —Claro —dijo Rashak encogiéndose de hombros—. Te lo ganaste.

  Carlos cerró la bolsa con cuidado, como si temiera que las monedas desaparecieran si apartaba la vista. Sentía una mezcla extra?a de orgullo, alivio y emoción infantil. No era una fortuna, lo sabía, pero era la prueba tangible de que había sobrevivido. De que había hecho algo real en ese mundo.

  —Gracias… —dijo finalmente, mirándolo—. De verdad.

  Rashak sonrió, esta vez sin bromas.

  —Descansa hoy. Ma?ana hablaremos de lo que sigue.

  Carlos asintió, apretando la bolsa entre los dedos. Por primera vez desde que todo había empezado, sentía que había dado su primer paso como aventurero… y que el camino, aunque peligroso, estaba realmente abierto ante él.

  Rashak terminó de beber de un solo trago y se levantó con un movimiento ágil para alguien de su tama?o. Miró a Carlos de arriba abajo, evaluándolo como quien revisa una herramienta antes de usarla.

  —Entonces —dijo—, ?qué? ?Vamos de compras? Porque si vas a seguir haciendo misiones, necesitarás algo mejor que tus ganas.

  Carlos tardó medio segundo en reaccionar… y luego asintió con tanta energía que casi se le cae la bolsa de monedas.

  —?Sí! —respondió sin pensarlo—. Quiero decir… sí, claro.

  Rashak soltó una risa grave y se giró hacia la salida.

  —Ven. Bienvenido a Babilón.

  Carlos parpadeó.

  —?Babilón…?

  No tuvo tiempo de preguntar más. En cuanto cruzaron la puerta y avanzaron unos pasos, el mundo pareció abrirse de golpe ante él.

  El pueblo que había conocido hasta ahora se le antojaba peque?o, casi íntimo, comparado con lo que tenía delante. Babilón se extendía como un hervidero de vida: calles amplias, empedradas, llenas de gente moviéndose en todas direcciones. Carretas enormes avanzaban lentamente, tiradas por draward de distintas formas y tama?os: algunos más cercanos a lagartos gigantes, otros con rasgos más dracónicos, escamas iridiscentes o cuernos curvados. El aire estaba cargado de sonidos: voces superpuestas, risas, discusiones, el golpeteo de ruedas, el tintinear del metal.

  Había de todo. Humanos de distintas edades, elfos con túnicas ligeras, antropomorfos de especies que Carlos ni siquiera sabía identificar, enanos caminando con paso firme y orgulloso, aventureros armados cruzándose entre sí, guardias patrullando con expresión alerta, familias enteras cargando bolsas y mercancías.

  Carlos avanzaba detrás de Rashak, pero su atención iba en todas direcciones. Giraba la cabeza, se detenía un segundo, volvía a caminar, casi como un ni?o peque?o en su primera visita a una ciudad enorme. Su cola se movía sin parar, traicionando su entusiasmo.

  Rashak lo observó de reojo y sonrió.

  —Déjame adivinar —dijo—. Nunca habías estado en un sitio así de grande.

  —No… —respondió Carlos, sin apartar la vista de una carreta cargada de barriles—. Lo más grande que he visto ha sido el bosque… y el pueblo donde está el gremio.

  Rashak soltó una carcajada.

  —Chico de campo, entonces.

  Carlos se rió también, sin ofenderse lo más mínimo.

  —Supongo —dijo—. ?Y dónde vamos a comprar el equipo?

  Rashak se?aló con la cabeza hacia una calle lateral, más estrecha pero igualmente concurrida.

  —A una herrería. De enanos.

  Solo escuchar eso hizo que a Carlos se le iluminara la cara. Sus ojos parecieron brillar de emoción pura, casi infantil.

  —?Enanos? ?De verdad?

  —Los mejores para hacer equipo de aventureros —respondió Rashak mientras caminaban—. No son los más baratos, pero saben lo que hacen. Sus armas aguantan. Sus armaduras también. Y eso, cuando sales ahí fuera… importa más que el brillo.

  Llegaron frente a un edificio de piedra oscura, sólido, con una fachada marcada por símbolos tallados y un gran yunque grabado sobre la entrada. Desde el interior salía el sonido constante del metal siendo trabajado y un calor intenso que se sentía incluso desde fuera.

  Carlos se quedó unos segundos mirando la entrada, como si estuviera a punto de cruzar un umbral importante.

  —Vamos —dijo Rashak, empujando la puerta—. Antes de que te dé algo.

  El interior de la herrería era aún más impresionante. El calor envolvía el cuerpo, el aire olía a hierro y carbón, y varios enanos trabajaban sin descanso, martillando, templando, discutiendo entre ellos con voces roncas. Armas y piezas de armadura colgaban de las paredes o descansaban sobre mesas de trabajo.

  Carlos entró detrás de Rashak, con el corazón acelerado.

  Por primera vez, no solo estaba sobreviviendo en ese mundo.

  Estaba empezando a formar parte de él.

  Carlos recorría la herrería con los ojos bien abiertos, deteniéndose frente a cada arma y cada pieza de armadura como si fueran tesoros. Espadas de distintos tama?os y formas, hachas con filos intimidantes, lanzas apoyadas en soportes de madera, escudos marcados por antiguas batallas… Todo parecía contar una historia. Pasaba los dedos a pocos centímetros del metal, sin atreverse a tocar, sintiendo el peso que tendrían en combate incluso antes de empu?arlos.

  Mientras tanto, Rashak se había acercado a uno de los enanos que trabajaban cerca del fondo del local. Era bajo incluso para los estándares enanos, pero ancho como un barril, con una barba espesa trenzada en varias secciones y salpicada de anillos de hierro. Al verse, ambos se quedaron quietos un segundo… y luego estallaron en risas.

  —?Por las forjas antiguas! —exclamó el enano—. ?Si no es Rashak, el que siempre vuelve con más cicatrices que monedas!

  —?Y tú sigues igual de feo, Barund! —respondió Rashak, dándole un golpe amistoso en el hombro.

  Se saludaron con entusiasmo, intercambiando palmadas y palabras cargadas de familiaridad. Hablaron durante un rato, recordando trabajos pasados, encargos complicados y alguna que otra anécdota que arrancó carcajadas a ambos. Finalmente, Rashak se?aló con la cabeza hacia Carlos, que seguía ojeando el local con evidente fascinación.

  —Vengo por él —dijo—. Novato, pero con ganas. ?Qué podrías hacerle?

  Barund entrecerró los ojos y observó a Carlos a la distancia.

  —Depende —gru?ó—. ?Cuál es el presupuesto?

  —Tres monedas de plata —respondió Rashak sin rodeos—. Dos mías. Una suya.

  El enano chasqueó la lengua.

  —Es poco.

  Rashak alzó una ceja.

  —Pero sabes que siempre pago… de una forma u otra.

  Barund resopló, se cruzó de brazos y luego sonrió de medio lado.

  —Está bien. Veré qué puedo hacer por un viejo amigo.

  Se giró entonces hacia Carlos y alzó la voz:

  —?Eh! ?Yogurín! ?Ven aquí!

  Carlos dio un peque?o respingo.

  —?Yo…?

  Miró a su alrededor, claramente confundido, y luego se se?aló a sí mismo antes de acercarse con pasos dudosos.

  —?Me… me llama a mí?

  Barund no respondió. Simplemente empezó a rodearlo, observándolo de arriba abajo con una atención casi incómoda. Le levantó un brazo, miró la longitud, tocó ligeramente el hombro, se agachó para medirle las piernas, incluso le dio un par de golpecitos en el costado, como si evaluara la consistencia de un mueble.

  Carlos se quedó rígido, sin saber muy bien qué hacer ni qué decir, mirando de reojo a Rashak en busca de ayuda.

  —Relájate —dijo Rashak con una sonrisa—. Si te rompe algo, lo arregla mejor de lo que estaba.

  Tras unos segundos más de inspección, Barund se incorporó y se volvió hacia Rashak.

  —Puedo hacerle una espada —sentenció—. Nada lujoso, pero bien equilibrada. Algo que no lo mate al primer error.

  Carlos abrió un poco los ojos, sorprendido.

  —?De verdad…?

  —Pero —continuó el enano, levantando un dedo— además del pago, me deberás un favor.

  Rashak frunció el ce?o.

  —?Qué necesitas?

  Barund sonrió, mostrando dientes manchados de hollín.

  —Materiales. No tengo ahora mismo lo que quiero usar para esta hoja. Así que iremos a por ellos.

  Carlos sintió un cosquilleo en el estómago, una mezcla de nervios y emoción.

  No solo iba a tener su primera espada.

  Iba a ganársela.

  Braund les hizo un gesto con la cabeza para que lo siguieran hacia la parte trasera de la herrería. Carlos y Rashak avanzaron tras él, atravesando una puerta más estrecha que daba a una zona menos iluminada, donde el ruido del martillo y el yunque quedaba amortiguado. Allí, estanterías repletas de lingotes, cofres de madera reforzada y cajas etiquetadas se apilaban contra las paredes ennegrecidas por el humo.

  Rashak se detuvo y sacó un pergamino cuidadosamente enrollado de entre sus pertenencias. Al desplegarlo sobre una mesa de trabajo, el papel crujió suavemente. Carlos se inclinó un poco para ver mejor, aunque los nombres escritos le resultaban tan extra?os como fascinantes.

  —Para la hoja voy a necesitar esto —dijo Braund, se?alando el pergamino con un dedo grueso—: opalco, oricalco, obsidiana negra… y cristales de maná profundo.

  Carlos tragó saliva. No sabía qué eran exactamente esos materiales, pero el tono con el que el enano los pronunciaba dejaba claro que no eran fáciles de conseguir.

  Braund volvió a enrollar el pergamino y se lo entregó a Rashak.

  —Seguramente podréis encontrar todo en la mazmorra central de la ciudad —a?adió—. Entre los pisos diez y veinte. Más abajo no os lo recomiendo, al menos no con él —dijo, lanzando una breve mirada a Carlos.

  Rashak asintió sin dudar.

  —Nos apa?aremos.

  Carlos, incapaz de contener su curiosidad, frunció el ce?o.

  —Espera… ?mazmorra central?

  Rashak lo miró de reojo, sorprendido.

  —?Nunca te lo he dicho?

  —No —respondió Carlos—. ?De qué mazmorra habláis exactamente?

  Rashak se detuvo un momento, como si midiera por dónde empezar.

  —Todas las ciudades importantes están construidas alrededor de una mazmorra —explicó finalmente—. Es… parte del equilibrio del mundo. Aventureros entran, consiguen recursos, suben de nivel, la ciudad crece alrededor de eso. En este caso, estamos en Babilón.

  Carlos abrió un poco los ojos.

  —?La ciudad se llama igual que la mazmorra?

  —Normalmente sí —confirmó Rashak—. No siempre, pero suele pasar. En este país hay tres mazmorras principales, cada una con su propia ciudad.

  Carlos se quedó en silencio unos segundos, asimilando la idea. Luego alzó la vista de nuevo.

  —Entonces… ?en qué país estamos?

  Rashak parpadeó, visiblemente sorprendido por la pregunta.

  —?En serio no lo sabes?

  Negó con la cabeza.

  Rashak suspiró, sacó un mapa plegado y lo abrió entre los tres. El pergamino mostraba un continente dividido en grandes territorios, con nombres escritos en una caligrafía firme.

  —Estamos en Yametsu —dijo, se?alando una región amplia—. Aquí es donde empiezas a entender cómo funciona el mundo… o donde mueres intentándolo.

  Luego fue marcando otros lugares con el dedo.

  —Al norte está Valdorya, más frío y más político. Drakhal, al oeste, tierra de guerra y bestias. Luminor, al este, donde la fe y la magia mandan más que las espadas. Y al sur… Ragnarim. Ese sitio no es para principiantes.

  Carlos observó el mapa con atención, sintiendo cómo el mundo se hacía de pronto mucho más grande de lo que había imaginado. Bosques, monta?as, fronteras y nombres que apenas podía pronunciar se extendían ante él.

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  Hasta ese momento, su mundo había sido el bosque, Elira… y ahora Babilón.

  Y de repente entendió algo:

  acaba de dar el primer paso fuera de ese peque?o rincón.

  —Vaya… —murmuró—. Supongo que tengo mucho que aprender.

  Rashak sonrió, enrollando de nuevo el mapa.

  —Por eso empezaremos por la mazmorra —dijo—. Nada ense?a más rápido que sobrevivir.

  Carlos levantó la mano con cierta timidez, pero con una decisión clara en la mirada.

  —Espera… —dijo—. Antes de meternos en la mazmorra, me gustaría explorar la ciudad.

  Rashak lo observó un segundo y luego sonrió con naturalidad.

  —Sin problema.

  Miró por encima del hombro hacia Braund, como pidiendo una opinión silenciosa. El enano se encogió de hombros, restándole toda importancia al asunto mientras limpiaba sus manos con un trapo ennegrecido por el hollín.

  —Mientras volváis con los materiales —gru?ó—, podéis pasearos todo lo que queráis.

  Rashak volvió a fijar la vista en Carlos.

  —Entonces te haré un tour como se merece —dijo con tono animado—. Babilón no es cualquier pueblo perdido, chico de campo.

  Los ojos de Carlos se iluminaron.

  —?Me encantaría! —respondió sin ocultar su entusiasmo—. Tengo muchas ganas de ver la ciudad contigo.

  Con eso decidido, ambos se giraron hacia Braund.

  —En dos o tres días volveremos con los materiales —aseguró Rashak.

  El enano asintió, aunque una sonrisa ladeada se dibujó en su rostro.

  —Más os vale. Y ahora largaos de mi local —a?adió en tono burlón—, o acabarán diciendo que acepto aprendices enclenques y bestias callejeras.

  Carlos y Rashak estallaron en una risa sincera. Tras despedirse con un gesto, salieron de la herrería, dejando atrás el calor del fuego y el constante golpeteo del metal.

  Al cruzar la puerta, Babilón se abrió ante ellos con todo su bullicio. El aire estaba cargado de voces, pasos y el sonido de ruedas sobre piedra. Mercaderes gritaban ofertas desde sus puestos, aventureros discutían planes frente a tabernas, y guardias patrullaban las calles con mirada atenta. Las construcciones variaban en altura y estilo: algunas de madera reforzada, otras de piedra tallada, y no faltaban edificios con detalles imposibles, claramente influenciados por razas no humanas.

  Carlos avanzaba despacio, girando la cabeza de un lado a otro, como si temiera perderse algo. Sus ojos se movían sin descanso, absorbiendo cada detalle: criaturas que jamás había visto, símbolos tallados en las fachadas, armas a la vista incluso en gente que parecía ir simplemente de compras.

  Rashak caminaba a su lado con tranquilidad, divertido por la reacción de Carlos.

  —Intenta no parecer tan impresionado —bromeó—. Van a pensar que te acabas de caer de un árbol.

  —Es que… —Carlos dudó, buscando palabras—. Nunca había visto algo así. Todo se siente… vivo.

  Rashak asintió.

  —Eso es Babilón. Aquí todo se mueve. Si sabes mirar, aprenderás mucho más que en cualquier mazmorra.

  Carlos respiró hondo, dejando que el ruido y la energía de la ciudad lo envolvieran. Por primera vez desde que despertó en ese mundo, no sentía urgencia ni miedo inmediato. Solo curiosidad.

  Y mientras avanzaban entre la multitud, con la promesa de armas, mazmorras y peligros futuros flotando en el aire, Carlos supo que ese paseo no era solo un descanso: era el verdadero inicio de su camino en Babilón.

  Carlos y Rashak continuaron recorriendo Babilón, entrando y saliendo de tiendas mientras la ciudad mostraba poco a poco su verdadero rostro. No eran solo calles y edificios: era un organismo vivo, lleno de historias, ambiciones y peligros latentes.

  La primera parada fue una tienda de ropa especializada en equipamiento para aventureros. Desde fuera ya se notaba la diferencia con las prendas comunes: telas reforzadas, costuras visibles y dise?os pensados para moverse con libertad sin sacrificar protección. Al entrar, una campanilla sonó suavemente, y una mujer de mediana edad, de mirada experta y sonrisa segura, los recibió.

  Rashak habló primero, se?alando a Carlos.

  —Ropa a medida. Que aguante viajes, combates y noches incómodas —dijo con naturalidad—. Es su primera de verdad.

  La dependienta evaluó a Carlos de arriba abajo con rapidez profesional y asintió.

  —Perfecto. Ven, muchacho.

  Carlos apenas tuvo tiempo de reaccionar. La mujer se le acercó con una cinta de medir y comenzó a rodearlo, tocándole brazos, hombros y torso, murmurando números mientras marcaba puntos invisibles en el aire. Carlos se tensó de inmediato, incómodo, sin saber dónde mirar ni qué hacer con las manos.

  —E-estoy bien así… —intentó decir, pero la dependienta ya estaba midiendo su espalda y ajustando la postura de sus hombros.

  Rashak, apoyado contra una estantería, observaba la escena con una sonrisa amplia.

  —Relájate —se burló—. Si sobrevives a esto, sobrevivirás a una mazmorra.

  Carlos le lanzó una mirada fulminante, lo que solo provocó que Rashak riera más fuerte. Tras varios minutos que a Carlos le parecieron eternos, la dependienta le entregó varias prendas para probarse: pantalones resistentes pero flexibles, una camisa reforzada en zonas clave y una chaqueta ligera pensada para llevar armadura encima.

  Cuando finalmente salió del probador, el cambio era evidente. No solo se veía diferente: se sentía diferente. Más firme, más preparado.

  —Ahora sí pareces un aventurero —aprobó Rashak—. Ya no pareces alguien que se perdería en el bosque.

  Carlos se miró las manos, flexionó los brazos y asintió, todavía algo sonrojado, pero satisfecho.

  Después de la tienda de ropa, se dirigieron a una tienda de grimorios. El ambiente cambió por completo: estanterías altas repletas de libros antiguos, pergaminos sellados y cristales con runas brillantes. El aire olía a polvo, tinta y algo más… magia.

  Carlos caminaba despacio, pasando los dedos por los lomos de los libros sin atreverse a tocarlos del todo. Un viejo dependiente, encorvado pero con ojos agudos, los observaba desde detrás del mostrador.

  —Magia elemental básica, encantamientos de refuerzo, conjuros de barrera… —murmuraba Carlos, leyendo títulos en voz baja.

  —No te emociones demasiado —advirtió Rashak—. Mira los precios.

  Carlos lo hizo… y su entusiasmo se desplomó al instante.

  —?Esto cuesta más que mi paga entera? —preguntó incrédulo.

  El anciano soltó una breve risa.

  —El conocimiento siempre es caro, muchacho. Y la magia, más aún.

  Hablaron un rato con el viejo, quien les explicó la diferencia entre grimorios de aprendizaje y grimorios de uso limitado, y cómo muchos magos pasaban a?os ahorrando para comprar uno solo. Carlos escuchó con atención, grabándose cada palabra en la memoria, aunque sabía que por ahora solo podía so?ar con ellos.

  Al salir de la tienda, siguieron caminando hasta que una estructura colosal apareció frente a ellos. La entrada de la mazmorra de Babilón se alzaba como una boca de piedra, con símbolos antiguos grabados en su superficie. Frente a ella, una auténtica marea de aventureros se congregaba: grupos discutiendo estrategias, otros descansando, algunos tensos, otros emocionados.

  Carlos se quedó completamente quieto, observando la escena con asombro.

  —Es… enorme —murmuró—. ?Por qué hay tanta gente esperando?

  Rashak cruzó los brazos.

  —Porque no pueden entrar todos a la vez —explicó—. Si demasiados grupos entran al mismo tiempo, acabarían chocando entre ellos cuando cazan monstruos. Peleas, robos, muertes innecesarias… nadie quiere eso.

  Carlos asintió lentamente, entendiendo por primera vez que incluso la exploración de mazmorras tenía reglas no escritas, un equilibrio frágil entre cooperación y competencia.

  Mientras se alejaban de la entrada, Carlos lanzó una última mirada a la mazmorra. No sentía miedo… todavía. Sentía anticipación.

  Sabía que, tarde o temprano, cruzaría esa entrada. Y cuando lo hiciera, ya no sería solo un chico perdido entre dos mundos, sino un aventurero dando sus primeros pasos reales en Loranm.

  Rashak caminó con paso seguro mientras se?alaba hacia una avenida más amplia.

  —Antes de nada, vamos al gremio —dijo—. El del pueblo era… funcional. Pero quiero que veas uno de verdad.

  Carlos asintió y lo siguió sin dudar. No tardaron en llegar a un edificio imposible de ignorar: una construcción enorme de piedra clara y madera oscura, con varias plantas, balcones reforzados y estandartes ondeando al viento con el símbolo del gremio grabado en ellos. La entrada principal parecía la boca de una bestia gigantesca, siempre abierta, siempre tragándose y expulsando gente.

  Nada más cruzar las puertas, Carlos se quedó clavado en el sitio.

  El interior era un hervidero de vida. Aventureros de todos los rangos y razas se movían de un lado a otro: novatos con miradas nerviosas y equipo nuevo, veteranos con armaduras gastadas pero imponentes, individuos de aspecto rudo cubiertos de cicatrices y otros cuya presencia resultaba inquietante, con capas oscuras y miradas que parecían medirlo todo. Había risas, discusiones, brindis ruidosos y el sonido constante de jarras chocando.

  A un lado, una enorme zona de tablones de misiones ocupaba toda una pared; al otro, una recepción amplia con varios empleados atendiendo sin descanso. Más al fondo, Carlos distinguió una taberna integrada en el propio gremio, abarrotada y llena de humo, música y voces elevadas. Incluso vio una escalera que conducía a los pisos superiores.

  —?Eso es… alojamiento? —preguntó Carlos, todavía atónito.

  —Ajá —respondió Rashak—. Puedes dormir aquí una noche si lo necesitas. El gremio cuida de los suyos… mientras cumplas.

  Rashak se rió al ver la cara de Carlos.

  —Entonces, ?qué te parece?

  Carlos tardó unos segundos en encontrar palabras.

  —No… no tiene nada que ver con el del pueblo —admitió—. Esto es otro nivel. Parece… un mundo entero dentro de un edificio.

  —Exacto —dijo Rashak, satisfecho—. Bienvenido a Babilón.

  Tras dejar que Carlos asimilara el ambiente, Rashak apoyó una mano en su hombro.

  —Ven. Quiero que conozcas a un viejo amigo.

  La curiosidad de Carlos pudo más que el cansancio, así que asintió y lo siguió. Sin embargo, en lugar de adentrarse más en el gremio, Rashak salió por una de las puertas laterales y comenzó a internarse en calles cada vez más estrechas.

  El ambiente cambió de forma gradual… y luego brusca.

  Las calles estaban mal iluminadas, los edificios se veían viejos y descuidados, y el bullicio del centro de la ciudad se apagaba hasta convertirse en un silencio incómodo. Apenas había gente, y los pocos que se cruzaban con ellos desviaban la mirada… o la clavaban con una frialdad inquietante.

  Carlos notó un nudo en el estómago.

  Algunos ni?os, demasiado delgados para su edad, observaban desde las esquinas con ojos apagados, sin rastro de curiosidad infantil. Había figuras apoyadas contra muros, rostros duros, manos siempre cerca de armas ocultas. Más de una mirada siguió sus pasos.

  Carlos bajó la voz.

  —Rashak… ?estás seguro de que tu amigo vive por aquí?

  —Completamente —respondió él sin vacilar—. Este barrio no es bonito, pero es real. Babilón también es esto.

  Carlos tragó saliva. Instintivamente, se acercó más a Rashak, casi pegándose a su espalda, cuidando de no perderlo de vista. Cada sonido le parecía demasiado alto, cada sombra demasiado larga. No sabía si alguien los observaba con malas intenciones… pero sentía que no debía quedarse atrás.

  Rashak notó el gesto y sonrió de lado.

  —Tranquilo —dijo en voz baja—. Mientras estés conmigo, nadie te tocará.

  Eso no eliminó del todo el miedo de Carlos, pero sí le dio el valor suficiente para seguir avanzando. A cada paso, comprendía un poco más que el mundo de Loranm no solo estaba hecho de gremios imponentes y ciudades vibrantes, sino también de rincones oscuros donde la vida se abría camino a golpes.

  Y tenía la sensación de que el “viejo amigo” de Rashak sería alguien que jamás olvidaría.

  Llegaron frente a una casa que, sin ser lujosa, destacaba claramente entre las demás del barrio. Las paredes no estaban agrietadas, el tejado parecía firme y la puerta de madera, aunque vieja, estaba bien cuidada. Carlos no pudo evitar fijarse en ese detalle; en un lugar donde la miseria parecía pegarse a las paredes, aquella casa transmitía una sensación extra?a de estabilidad, casi de resistencia.

  —?Es aquí? —preguntó Carlos en voz baja.

  Rashak no respondió. Simplemente dio un paso al frente y gritó con voz potente:

  —?Kaelis!

  Durante unos segundos no ocurrió nada. Luego se escucharon ruidos en el interior: pasos rápidos, algo cayendo al suelo, un murmullo apagado. El silencio volvió a apoderarse del lugar, tenso, hasta que finalmente la puerta se abrió de golpe.

  Una mujer humana de veintitantos a?os apareció en el umbral. Tenía el cabello recogido de forma descuidada y una mirada afilada, alerta, como si siempre esperara problemas. Al ver a Rashak, sus ojos se abrieron con sorpresa.

  —?Rashak…? —dijo, incrédula.

  El saludo fue inmediato y brusco a la vez. Se acercaron, intercambiaron unas palabras rápidas, casi atropelladas, como viejos conocidos que no se esperaban volver a verse. Carlos quedó detrás, ligeramente apartado, observando sin saber muy bien si debía intervenir o no.

  Entonces Kaelis reparó en él.

  Su expresión cambió al instante.

  Sin decir nada, agarró a Rashak del brazo con fuerza y lo metió dentro de la casa casi a empujones, cerrando la puerta de golpe tras ellos. Carlos se quedó solo frente a la madera cerrada, parpadeando, completamente descolocado.

  Esperó. Pasaron unos segundos. Luego otros más.

  Finalmente, la puerta volvió a abrirse.

  Kaelis salió directa hacia él, sin titubeos. Se plantó frente a Carlos, tan cerca que apenas había unos centímetros entre sus rostros. Sus ojos lo atravesaban con una intensidad casi militar.

  —Nombre —ordenó.

  Carlos reaccionó por puro reflejo.

  —C-Carlos… digo, Loranm —respondió, enderezándose instintivamente.

  —Edad.

  —Diecisiete.

  —Profesión.

  —Aventurero. Mago luchador.

  Kaelis arqueó una ceja, claramente dudosa.

  —?Rango?

  —F+, por ahora.

  Ella lo observó de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en su postura, en la forma en que se mantenía firme pese a la presión. No parecía un ni?o asustado… pero tampoco alguien curtido.

  Kaelis chasqueó la lengua y se giró hacia Rashak.

  —?Estás loco? —espetó—. ?Traes a un crío a este barrio y encima lo metes en el gremio?

  —No es solo un crío —respondió Rashak con calma—. Es un aventurero. Y uno que ya ha visto sangre.

  Kaelis volvió a mirar a Carlos.

  —?Eso es verdad?

  Carlos dudó un instante, pero asintió.

  —He escoltado caravanas. He peleado contra bandidos. Y uso magia en combate.

  El silencio se hizo pesado.

  Kaelis suspiró, pasándose una mano por la cara.

  —Escucha, chico —dijo finalmente, con un tono duro pero no cruel—. No digo que no sepas pelear. Digo que este mundo no perdona. Ser aventurero no es una historia bonita ni una fantasía de taberna. Aquí la gente muere joven… o vive lo suficiente como para desear no haberlo hecho.

  Se cruzó de brazos.

  —Rashak no debería meterte ideas raras en la cabeza. Podrías estar en casa, estudiando, viviendo una vida normal.

  —No tengo una vida “normal” —respondió Carlos, más firme de lo que esperaba—. Y no estoy aquí porque Rashak me lo haya dicho. Estoy aquí porque lo elegí.

  Kaelis lo miró fijamente durante unos segundos largos. No había burla en su expresión, sino algo más cercano a una evaluación silenciosa.

  —No tienes cara de aventurero —dijo al fin—. Pero tampoco la tenía él —a?adió, se?alando a Rashak— cuando empezó.

  Rashak esbozó una media sonrisa.

  —Por eso he venido —dijo—. Quería que lo vieras con tus propios ojos.

  Kaelis soltó un suspiro cansado.

  —Entra —dijo finalmente, apartándose—. Pero no te equivoques, Loranm. Si te quedas en este camino, no habrá marcha atrás. Y no todos los monstruos viven en las mazmorras.

  Carlos cruzó el umbral con el pulso acelerado. Sabía que aquel encuentro no era una simple visita: era una advertencia. Una de las primeras, y seguramente no la última, de un mundo que no pensaba tratarlo con indulgencia.

  Carlos llegó al salón, un espacio modesto y algo humilde, con muebles sencillos y poco decorado, que transmitía más funcionalidad que comodidad. El ambiente estaba impregnado de un ligero olor a madera vieja y a aceite de armas, como si el lugar estuviera acostumbrado a entrenamientos intensos y a manos sudorosas trabajando sin descanso. La luz que entraba por la ventana iluminaba débilmente el espacio, reflejando sombras que se movían con cada respiración.

  Kaelis, de pie frente a él, lo observaba con los brazos cruzados y una expresión que combinaba impaciencia y severidad.

  —?Lo has traído para lo que creo? —preguntó, sin rodeos, fijando la mirada en Rashak.

  —Sí —respondió Rashak con calma, con una media sonrisa, como si todo esto fuera parte de un plan perfectamente calculado—. Para que lo entrenes.

  Kaelis giró la mirada hacia Carlos. Su expresión era casi intimidante, con ojos que parecían perforar cualquier intento de distracción.

  —Prepárate —dijo, con tono firme y autoritario—. No soy nada gentil. Esto va a doler, y no voy a detenerme hasta que veas de lo que eres capaz.

  Carlos parpadeó varias veces, completamente descolocado.

  —?Entrenamiento? —preguntó, confundido—. ?De qué hablas?

  Rashak se rascó la nuca con despreocupación y soltó un encogimiento de hombros, como si aquello fuera lo más natural del mundo.

  —?No te dije que te traía aquí para que Kaelis te entrenara? —dijo, con un tono casual, pero que hacía que Carlos se sintiera todavía más frustrado.

  —?Eso lo omitiste! —exclamó Carlos, alterado—. Eso es un dato importante. ?No puedes traerme y luego dejarme sin avisar de que me vas a poner a sufrir!

  Kaelis no mostró el menor atisbo de simpatía. Su voz cortó cualquier intento de protesta como un sable afilado.

  —Basta de charla. Ve a dormir a la habitación de invitados. Necesitarás descansar bien, porque lo que viene será estrictamente duro. Hasta que no puedas más, no habrá tregua —dijo con autoridad—. Y más te vale prepararte para que te deje exhausto. No quiero verte flojo ni una sola vez.

  Luego se?aló con firmeza la puerta que daba a la peque?a habitación de invitados.

  Carlos, todavía un poco nervioso y confundido, se levantó de inmediato. Cada músculo de su cuerpo parecía tenso, anticipando lo que le esperaba. Caminó rápidamente hacia la habitación mientras Kaelis y Rashak se quedaban atrás conversando. Las palabras de ella eran duras y claras: la disciplina no era negociable, y Rashak estaba siendo imprudente al permitir que un novato, un adolescente, se enfrentara a ese nivel de entrenamiento. Rashak, por su parte, defendía su decisión, asegurando que Carlos tenía potencial y que esta prueba era necesaria para prepararlo para lo que vendría.

  Carlos abrió la puerta de la habitación de invitados y entró. Era peque?a, con una cama simple cubierta por un edredón modesto, un armario de madera y una mesita de noche con una vela sin encender. No había lujos, pero había suficiente para que descansara. Cerró la puerta tras de sí y soltó un suspiro profundo, dejando que su cuerpo se desplomara sobre la cama.

  Se recostó, mirando el techo, con los pensamientos girando en su cabeza. Imaginaba el entrenamiento que le esperaba al día siguiente y un nerviosismo mezclado con emoción comenzaba a recorrerle la espalda. Su mente repasaba cada movimiento, cada estrategia que podría usar, pero también sentía el peso de la advertencia de Kaelis: esto no sería un juego ni una serie de ejercicios fáciles, sería un desafío de verdad.

  Carlos cerró los ojos lentamente, sintiendo que el tiempo para dormir se acortaba. Sabía que el despertador, o el llamado para iniciar su entrenamiento, sonaría pronto. Su respiración comenzó a calmarse mientras intentaba visualizar los movimientos de magia que podría usar, cómo su cola se movería para equilibrarse y cómo podría combinar ataques físicos y hechizos para resistir la rigurosa rutina de Kaelis.

  Aun recostado, no podía evitar sentir la presencia de Shion rondando en su mente. La voz parecía esperar, silenciosa, como observando, midiendo, asegurándose de que Carlos no se relajara por completo. Por un instante, Carlos deseó que Shion desapareciera, que le dejara dormir sin intrusiones, pero sabía que esa sombra siempre estaba ahí, recordándole que nada sería fácil.

  Mientras se acomodaba entre las sábanas, su imaginación voló hacia lo que le esperaba: ataques de resistencia física, pruebas de magia, estrategias para superar obstáculos, y la constante presión de Kaelis, observando cada movimiento, evaluando cada error. Carlos suspiró de nuevo, un suspiro cargado de determinación, mezclado con un toque de miedo y excitación. Sabía que lo que estaba por venir pondría a prueba no solo su habilidad como aventurero y mago, sino también su fortaleza mental y su capacidad para resistir la presión de un entrenamiento que prometía ser implacable.

  Finalmente, cerró los ojos con fuerza, intentando concentrarse en descansar. Cada sonido del exterior parecía un recordatorio de que no había vuelta atrás: la voz de Shion permanecía en silencio, Kaelis esperaba y Rashak confiaba en él. Todo estaba listo para el inicio de una nueva etapa, y Carlos sabía que, a partir de ese momento, su vida en Loranm cambiaría para siempre.

  La luz de la vela parpadeó una última vez antes de apagarse. La habitación quedó en completa oscuridad. Carlos respiró hondo, abrazando la almohada con fuerza, y permitió que el sue?o lo arrastrara, mientras en el otro mundo, Kaelis y Rashak permanecían en el salón, discutiendo la intensidad del entrenamiento que marcaría el comienzo de su verdadero camino como aventurero.

  Carlos despertó antes de que sonara la alarma, unos diez minutos por delante de lo habitual. Se quedó recostado unos instantes en la cama, contemplando el techo y dejando que sus pensamientos fluyeran lentamente. Era un momento de calma, aunque la cabeza le daba vueltas con todas las experiencias recientes en Loranm. Respiró hondo y, mientras observaba el ligero movimiento de la cortina con la brisa que entraba por la ventana, llegó a una conclusión importante: si se dormía en el otro mundo, también despertaría en este, y viceversa. Era un descubrimiento que le parecía fundamental; significaba que, aunque perdiera el conocimiento en Loranm, su cuerpo humano seguiría allí, y tendría la oportunidad de recuperarse.

  Sin embargo, mientras se incorporaba lentamente, un pensamiento lo perturbó: ?qué pasaría si el cuerpo de Loranm no pudiera despertarse por algún motivo? ?Qué ocurriría si simplemente se durmiera y quedara atrapado en su otra forma? La duda le hizo fruncir el ce?o, y un escalofrío recorrió su espalda. Era un riesgo que nunca antes había considerado con seriedad. Aun así, decidió concentrarse en lo que podía controlar, y no en los hipotéticos peligros que podrían surgir más adelante.

  Se levantó de la cama con cuidado, sintiendo la leve rigidez de los músculos todavía medio adormilados. Caminó hacia el armario y sacó su uniforme, preparándose para vestirse. Fue entonces cuando escuchó esa voz tan familiar que lo ponía en tensión de inmediato. Shion estaba ahí, en su mente, pero esta vez parecía sorprendentemente calmado, sin la habitual burla retorcida ni el sarcasmo cortante que solía acompa?ar cada uno de sus comentarios.

  —?Disfrutaste tu travesía? —susurró Shion, con un tono que mezclaba curiosidad y tranquilidad.

  Carlos, encarándolo con un dejo de desafío, respondió sin titubeos:

  —Si no tienes narices a hablarme en el otro mundo, donde sí tengo poder de verdad, no me hables aquí.

  Shion se rió suavemente, un sonido casi juguetón, y como si estuviera midiendo su paciencia, dejó caer su comentario con ligereza:

  —Te estoy dejando disfrutar del momento.

  Carlos se mordió el labio, conteniendo una sonrisa burlona, y respondió de manera sarcástica:

  —Qué considerado de tu parte, realmente me impresiona —dijo mientras comenzaba a ponerse su uniforme con movimientos lentos y deliberados, disfrutando de ese peque?o triunfo psicológico sobre la voz que lo acechaba.

  Justo en ese instante, la alarma sonó, rompiendo el silencio de la habitación. Carlos, con un movimiento rápido pero natural, la apagó antes de que pudiera seguir sonando. Era un gesto que parecía trivial, pero en su mente representaba un peque?o control sobre su rutina y sobre la presión que sentía al despertar cada ma?ana.

  Bajó a la cocina con pasos calmados, pero al entrar, su hermano lo miró con evidente sorpresa.

  —?Ya bajaste? —preguntó, levantando una ceja—. Suelo verte aparecer a las siete y veinte, mínimo.

  Carlos se encogió de hombros, sin poder evitar una sonrisa ligera, y respondió con naturalidad:

  —Me desperté antes de que sonara la alarma, así que decidí bajar directamente.

  Su hermano lo miró un momento más, dudando entre aceptar la explicación o continuar preguntando, pero finalmente se resignó y volvió a concentrarse en su desayuno. Carlos tomó asiento, disfrutando del silencio de la cocina y de la sensación de tener unos minutos extra para sí mismo. Mientras servía su comida, su mente volvió a repasar las imágenes de Loranm: la ciudad de Babilón, la mazmorra, la multitud de aventureros, Rashak guiándolo con paciencia y Kaelis observando desde la distancia con una mirada intimidante.

  Cada recuerdo le hacía sentir una mezcla de emoción y nerviosismo, pero también una sensación extra?a de seguridad: sabía que, aunque esos mundos fueran diferentes, había aprendido a adaptarse, a sobrevivir y a comprender cómo moverse entre ellos. Su desayuno transcurrió en silencio, interrumpido solo por el sonido de los cubiertos sobre los platos y el ocasional comentario de su hermano sobre la escuela o las noticias del día. Carlos apenas escuchaba, sumido en sus propios pensamientos, intentando anticipar lo que el día le depararía en el instituto y qué oportunidades tendría para regresar a Loranm sin problemas.

  Mientras tomaba un sorbo de su zumo, Shion apareció nuevamente en su mente, pero permaneció callado por un momento, observando. Carlos notó su presencia y, sin perder la compostura, le dirigió una mirada mental cargada de determinación:

  —Si vas a molestarme hoy, más te vale que tengas un buen motivo —pensó, firme.

  Shion soltó una leve risa, más intrigante que amenazante, y no respondió nada más. Ese silencio, paradójicamente, fue más inquietante que cualquier comentario anterior. Carlos respiró profundo, dejando que el miedo inicial se transformara en concentración y enfoque. Sabía que tenía que enfrentar el día con la mente clara y estar preparado para cualquier eventualidad, tanto en el mundo humano como en Loranm.

  Después de terminar su desayuno, Carlos se levantó, recogió sus cosas y se dirigió hacia la puerta de salida. La luz de la ma?ana entraba por la ventana, iluminando suavemente la cocina y dejando que el calor del sol tocara su rostro. Afuera, la rutina del mundo humano lo esperaba: vecinos moviéndose, coches pasando, y el instituto a pocas cuadras de distancia. Sin embargo, en el fondo, cada paso que daba resonaba con la anticipación de volver a Loranm, donde su vida como aventurero y mago luchador le ofrecía desafíos que no podía encontrar en la tranquilidad relativa de su hogar humano.

  Mientras cerraba la puerta detrás de sí, Carlos respiró hondo, preparando su mente para la jornada que comenzaba. Tenía que concentrarse en el instituto, en no levantar sospechas y en mantener la apariencia de un adolescente normal, aunque en su interior sabía que cada momento contaba. Shion permanecía en silencio, observando, y Carlos se preguntó por un instante qué planes tendría para él más adelante.

  Sin embargo, por ahora, lo importante era avanzar con paso firme. El conocimiento que había adquirido sobre los vínculos entre ambos mundos, la seguridad de que despertaría sin importar lo que ocurriera y la experiencia adquirida en Loranm le daban una confianza renovada. Podía enfrentar cualquier cosa… siempre y cuando mantuviera la mente alerta y los sentidos despiertos.

  Con un último vistazo al cielo despejado, Carlos comenzó a caminar hacia la escuela, sintiendo que cada paso lo acercaba a nuevos desafíos, a nuevas aventuras, y a la posibilidad de comprender más profundamente la extra?a conexión entre su mundo y Loranm, mientras Shion, silencioso y omnipresente, aguardaba pacientemente el momento de volver a intervenir.

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