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La joya de la iglesia

  El despertar no fue brusco.

  Fue lento, pegajoso, como si la conciencia regresara a Carlos a rega?adientes, probando el terreno antes de instalarse del todo.

  Primero, el sonido.

  No pitidos esta vez. No máquinas.

  Solo el murmullo lejano de una ciudad viva: un coche pasando, una voz en la calle, el golpeteo irregular de algo metálico contra el viento.

  Luego, el olor.

  Café viejo. Desinfectante barato. Polvo.

  Carlos abrió los ojos.

  El techo no era blanco. Tenía una grieta fina que lo cruzaba de lado a lado, como una cicatriz mal cerrada. Parpadeó un par de veces, orientándose. No estaba en el hospital. Tampoco en su habitación.

  —Bienvenido de vuelta —dijo Shion en su mente—. Has dormido casi dieciocho horas.

  Carlos intentó moverse y se arrepintió al instante.

  El dolor no explotó, pero se desplegó como una advertencia. El brazo derecho seguía inmovilizado, ahora sujeto con un cabestrillo improvisado. El pecho le dolía al respirar hondo. La cabeza… la cabeza era una nube espesa.

  —?Dónde…? —murmuró.

  —Apartamento de emergencia —respondió Shion—. Uno de los “lugares que no importan”. Nadie lo busca. Nadie lo vigila. De momento.

  Carlos giró la cabeza con cuidado.

  Sandra estaba sentada en el suelo, apoyada contra la pared, con la espalda recta y las rodillas recogidas. Dormía. O lo intentaba. Tenía el pelo suelto, revuelto, y aún llevaba la misma sudadera de la noche anterior. En la mesa baja, dos tazas vacías y un botiquín abierto hablaban de horas sin descanso.

  No la despertó.

  Se quedó mirándola unos segundos, con una sensación incómoda en el pecho. No culpa exactamente. Tampoco alivio. Algo más denso.

  —Ya no hay vuelta atrás —dijo Shion, como si leyera ese pensamiento—. Ella vio demasiado.

  Carlos cerró los ojos un instante.

  —Lo sé.

  El silencio volvió a instalarse. No era hostil. Tampoco cómodo. Era expectante.

  Cuando volvió a abrir los ojos, Sandra estaba despierta. No se sobresaltó. No gritó. Simplemente lo miró, como si llevara horas esperando ese momento.

  —Ey —dijo en voz baja—. Pensé que te habías vuelto a ir.

  —Todavía no —respondió Carlos, con la garganta seca.

  Sandra se levantó despacio y se acercó. No lo tocó de inmediato. Se detuvo a medio metro, evaluándolo, como si temiera romper algo invisible.

  —?Cómo te sientes?

  Carlos pensó en mentir.

  Pensó en minimizarlo.

  —Como si me hubiera atropellado una idea muy grande —dijo al final.

  Sandra soltó una risa breve, tensa, que se apagó enseguida.

  —Eso encaja bastante con lo que pasó.

  Le acercó un vaso de agua. Carlos lo tomó con la mano buena, bebiendo despacio. El simple gesto le agotó más de lo que quería admitir.

  —El hospital… —empezó él.

  —Nos fuimos antes de que empezaran las preguntas de verdad —lo interrumpió Sandra—. Dijeron “pelea entre estudiantes”. Dijeron “estrés”. Dijeron muchas cosas que no significaban nada.

  Carlos asintió.

  El mundo siempre encontraba formas cómodas de no mirar demasiado de cerca.

  —?Y ella? —preguntó.

  Sandra no respondió al instante.

  —Angélica sigue bajo vigilancia —dijo finalmente—. Oficialmente, por el estado en el que la encontraron. Extraoficialmente… —hizo un gesto vago— hay gente que no sabe explicar por qué medio instituto actuaba raro a la vez.

  Carlos apoyó la cabeza contra el respaldo.

  —No ha terminado —dijo.

  Sandra lo miró fijo.

  —No —coincidió—. Pero algo cambió.

  Se sentó en el borde de la cama improvisada.

  —Cuando ella cayó —continuó—, sentí… como si alguien soltara una cuerda dentro de mi cabeza. No recuerdo todo, pero recuerdo ese momento. El silencio. La ausencia.

  Carlos tragó saliva.

  —Eso significa que su control no era único —dijo—. Era un nodo. Importante, pero no el único.

  Sandra frunció el ce?o.

  —Hablas como si esto fuera un sistema.

  Carlos no respondió de inmediato.

  Dentro de su mente, Shion se movió, atento.

  —Porque lo es —dijo Carlos al final—. Y alguien lo dise?ó así.

  El aire se tensó.

  Sandra apoyó los codos en las rodillas, inclinándose hacia delante.

  —Entonces dime algo, Carlos —dijo con calma forzada—. Y esta vez no me esquives.

  Lo miró a los ojos.

  —?Cuántos como ella hay?

  Carlos sostuvo su mirada.

  No mintió.

  —No lo sé.

  Eso, curiosamente, pareció tranquilizarla menos que una mala noticia clara.

  —Genial —murmuró—. Fantástico.

  Se levantó y empezó a caminar por el apartamento, inquieta.

  —Así que déjame ver si lo entiendo —continuó—. Hay gente capaz de controlar a otros. Hay… lo que sea que tú haces. Hay una voz en tu cabeza que claramente no es normal. Y todo eso estaba pasando mientras yo me preocupaba por exámenes y trabajos en grupo.

  Carlos se quedó quieto.

  No fue una quietud calculada, ni tensa. Fue una pausa real, como si alguien hubiera desconectado durante un segundo el hilo que unía pensamiento y cuerpo.

  —…?Qué? —dijo al fin.

  Sandra dejó de caminar. Se giró hacia él, extra?ada.

  —?Qué qué?

  Carlos la miró de verdad por primera vez desde que había hecho la pregunta. No como alguien cansado. No como alguien herido. La miró como si acabara de darse cuenta de que el suelo bajo sus pies no era sólido.

  —Has dicho —repitió despacio— que hay una voz en mi cabeza.

  Sandra frunció ligeramente el ce?o.

  —Sí.

  Carlos tragó saliva.

  —?Cómo… cómo sabes eso?

  Ella lo observó un segundo más, evaluándolo. Luego se encogió de hombros, como si fuera lo más natural del mundo.

  —Porque me habló.

  El mundo se detuvo.

  No metafóricamente.

  No de forma poética.

  Carlos sintió un vacío seco abrirse en el estómago, como si alguien hubiera retirado de golpe una pieza clave y todo lo demás quedara flotando, sin anclaje.

  —?…qué? —repitió, esta vez más bajo.

  Sandra ladeó la cabeza.

  —Cuando estabas inconsciente. No mucho. No fue una conversación larga. Pero sí… clara.

  Carlos negó lentamente con la cabeza.

  —No —murmuró—. No, eso no es posible.

  Dentro de su mente, el silencio de Shion se volvió ensordecedor.

  —?Qué te dijo? —preguntó Carlos de golpe, alzando un poco la voz—. ?Qué te dijo exactamente?

  Sandra dudó.

  —No mucho —repitió—. Dijo que no me asustara. Que estabas vivo. Que no te despertaras de golpe. Y que… —hizo una pausa breve— que si yo me rompía ahora, tú no tendrías margen después.

  Carlos cerró los ojos.

  El pulso le golpeó en las sienes.

  —Shion —dijo, sin abrirlos—. ?Siempre has podido hacer eso?

  Silencio.

  No un silencio evasivo.

  No uno burlón.

  Uno absoluto.

  Carlos abrió los ojos despacio.

  —Shion —repitió—. Respóndeme.

  Nada.

  La respiración se le aceleró sin darse cuenta. Se llevó la mano izquierda a la cara, presionándose el puente de la nariz, como si el gesto pudiera ordenar algo dentro de su cabeza.

  —Joder… —susurró.

  No era solo la sorpresa.

  Era lo que implicaba.

  Shion nunca había hablado con nadie más.

  Nunca.

  Había sido una presencia interna, cerrada, contenida. Un límite claro: él y Carlos. Nadie más.

  Y ahora ese límite… ya no existía.

  —Eso cambia muchas cosas —murmuró Carlos, más para sí mismo que para Sandra.

  Ella dio un paso hacia él, preocupada.

  —Carlos… ?qué pasa?

  él no respondió de inmediato.

  Porque otra realización acababa de golpearlo, lenta pero contundente.

  Mientras había estado inconsciente…

  no había ido al otro lado.

  No había sentido la transición.

  No había despertado en aquel espacio que ya reconocía como real.

  No había voces. No había presencia. No había tiempo distinto.

  Nada.

  —Mierda… —dijo esta vez con más fuerza.

  Sandra se tensó.

  —?Qué? ?Te duele algo más?

  Carlos negó con la cabeza.

  —No. Bueno. Sí. Pero no es eso.

  Se apoyó mejor contra el respaldo, exhalando despacio.

  —Cuando pierdo el conocimiento… normalmente no es un vacío —explicó—. Hay… otro lugar. Otra gente. Otro ritmo.

  Sandra lo miró sin interrumpir.

  —Y esta vez no —continuó—. Esta vez fue solo negro.

  El silencio cayó entre ellos.

  —Eso es malo, ?no? —preguntó ella al final.

  Carlos soltó una risa breve, sin humor.

  —Es una putada —respondió—. Significa que estuve fuera demasiado tiempo.

  Se pasó la mano por el pelo, nervioso.

  —Si no despertaba… —a?adió— podrían pensar que algo iba mal. Que me estaba apagando.

  Sandra frunció el ce?o.

  —?“Podrían”?

  Carlos levantó la vista hacia el techo agrietado.

  —Hay gente al otro lado que… se preocupa —dijo—. Y no les gusta no saber.

  No dio nombres.

  No dio detalles.

  Pero el peso de esas palabras quedó flotando.

  Sandra se cruzó de brazos, incómoda.

  —Vale —dijo—. Entonces tenemos: voces que hablan con terceros, mundos paralelos, control mental en red y gente invisible preocupada porque no contestas.

  Hizo una pausa.

  —Y tú en medio de todo eso, medio roto y escondido en un piso que “no importa”.

  Carlos la miró.

  —Sí.

  Sandra lo sostuvo unos segundos más, como calibrando algo.

  —Entonces —dijo— entiendo por qué no querías contarme nada.

  Carlos no respondió.

  —Pero ahora ya no importa —a?adió—. Porque ya estoy dentro.

  No sonaba resentida.

  Sonaba decidida.

  Carlos sintió un nudo formarse en el pecho.

  —Sandra…

  —No —lo interrumpió—. No me prometas protección. No me prometas normalidad. Prométeme una sola cosa.

  Se acercó un paso más.

  —Que no vas a tomar decisiones solo.

  Carlos la miró largo rato.

  Dentro de su mente, Shion seguía en silencio.

  Demasiado silencio.

  —Te lo prometo —dijo al final.

  Sandra asintió, satisfecha… pero no tranquila.

  —Bien —dijo—. Entonces empieza por explicarme quién es Shion.

  Carlos cerró los ojos un segundo.

  Y supo, con una certeza incómoda, que el capítulo de ocultar cosas había terminado.Carlos habló durante mucho rato.

  No de golpe. No con un discurso preparado. Fue más bien a trompicones, ordenando las ideas mientras salían, eligiendo con cuidado qué decir… y qué no.

  No habló del origen exacto de Shion.

  No habló de promesas antiguas ni de límites que ya había cruzado.

  No habló del precio real.

  Adornó.

  Simplificó.

  Convirtió lo incomprensible en algo digerible.

  Le dijo que Shion era una especie de conciencia asistida, ligada a él desde hacía tiempo. Que le ayudaba a procesar cosas, a percibir patrones que otros no veían. Que no siempre estaba de acuerdo con él, pero que tampoco era su enemigo. Evitó palabras como entidad, vínculo, dependencia.

  Cuando habló del “otro lado”, lo presentó como un espacio mental compartido, una consecuencia de su habilidad, no como un lugar con peso propio.

  Cuando habló del control, lo llamó influencia.

  Mentir por omisión seguía siendo mentir, pero Carlos lo hizo con una precisión casi quirúrgica. No para protegerse a sí mismo… sino para no aplastarla con una verdad que aún no sabía cargar.

  Sandra escuchó en silencio.

  Al principio hizo preguntas. Breves. Técnicas. Intentando encajar las piezas como si fueran un problema lógico.

  Luego dejó de hacerlo.

  Se sentó en la silla frente a él, con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas. Su mirada empezó a perder foco, como si cada nueva explicación empujara a la anterior fuera de sitio.

  Cuando Carlos terminó, el silencio no fue inmediato.

  Fue pesado.

  Sandra parpadeó varias veces.

  —Vale… —dijo al fin—. Vale.

  No sonaba convencida.

  Sonaba… saturada.

  Se recostó hacia atrás y se pasó ambas manos por la cara, exhalando con fuerza.

  —No sé por dónde coger esto —admitió—. Es como si me hubieras contado cinco teorías distintas y todas fueran verdad al mismo tiempo.

  Carlos no respondió enseguida.

  La observó.

  Vio el temblor leve en sus dedos.

  La rigidez en los hombros.

  La forma en que apretaba la mandíbula para no decir algo impulsivo.

  Lo entendió.

  No con la cabeza.

  Con algo más profundo.

  —Es normal —dijo al final—. Yo tardé meses en dejar de sentir que me estaba volviendo loco.

  Sandra soltó una risa corta, sin humor.

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  —Qué tranquilizador.

  —No lo decía como consuelo —respondió Carlos—. Lo decía porque… no tienes que entenderlo todo ahora.

  Ella alzó la vista hacia él.

  —?Y tú sí lo entiendes?

  Carlos dudó.

  —Lo suficiente para seguir avanzando —dijo—. No lo suficiente para sentirme seguro.

  Eso pareció calmarla un poco.

  Sandra se quedó callada unos segundos más. Luego apoyó la espalda contra la pared y dejó caer la cabeza hacia atrás.

  —Mi cerebro necesita vacaciones —murmuró—. O al menos… silencio. Mucho silencio.

  Carlos esbozó una sonrisa cansada.

  —Dormir ayuda más de lo que parece —dijo—. Incluso cuando el mundo se cae a trozos.

  Ella bufó.

  —Genial. Porque justo ahora siento que si cierro los ojos, todo esto va a seguir ahí cuando los abra.

  Carlos no la contradijo.

  —Sí —dijo—. Va a seguir.

  Sandra bajó la cabeza de nuevo y lo miró.

  —Pero también sigues tú —a?adió—. Y eso… ayuda más de lo que quiero admitir.

  Carlos sintió algo aflojarse en su pecho.

  —Gracias por no huir —dijo.

  Sandra arqueó una ceja.

  —No me des tanto crédito —respondió—. Aún no he decidido si soy valiente o simplemente demasiado terca.

  Se levantó despacio y se acercó a la ventana, mirando la calle desde arriba.

  —Pero una cosa está clara —continuó—. Después de lo de Angélica, después de escucharte… ya no puedo fingir que esto no es asunto mío.

  Carlos la observó desde la cama improvisada.

  —No quiero arrastrarte a nada —dijo.

  Sandra se giró.

  —No lo estás haciendo —respondió—. Solo… no me empujes fuera cuando decida quedarme.

  Carlos asintió.

  Dentro de su mente, por fin, Shion se movió.

  No habló.

  Pero estaba ahí.

  Y por primera vez desde que despertó, Carlos sintió que, pese a todo el caos, el capítulo aún no había terminado de romperse.

  Solo estaba tomando forma.

  Carlos suspiró despacio, dejando que el aire saliera como si pesara.

  —Por eso… —dijo— necesito que, de ahora en adelante, no hagas nada sin que yo lo sepa. Nada raro. Nada impulsivo. Al menos mientras todo esto se estabiliza.

  Sandra frunció el ce?o al instante.

  —?Perdón? —replicó—. Sé cuidarme sola, Carlos. No soy de porcelana.

  él negó con la cabeza, cansado, y se pasó la mano por el pelo.

  —No va de si eres fuerte o no —respondió—. Va de que Angélica sabe demasiado.

  Sandra cruzó los brazos.

  —?Demasiado cómo?

  Carlos la miró serio.

  —Sabe dónde vivo.

  Eso la hizo parpadear.

  —?Y?

  —Y puede sacar información de mis padres —continuó—. Direcciones, rutinas, contactos. Y desde ahí… —hizo una pausa— no sería difícil llegar a ti.

  Sandra se quedó quieta.

  —?Crees que volvería a intentar usarme como rehén?

  —Si ve una oportunidad clara, sí —admitió Carlos—. No porque le importe vengarse ahora mismo, sino porque es una forma eficaz de recuperar control.

  El silencio se tensó.

  —Pero no creo que haga nada de inmediato —a?adió—. No es su estilo.

  Sandra ladeó la cabeza, confundida.

  —?Por qué no?

  Carlos soltó una risa seca, sin humor.

  —Porque primero tiene que recomponerse. Y porque… siendo como es, no va a dejarse ver por ahí con la cara hecha polvo.

  Sandra abrió la boca, luego la cerró.

  —Es demasiado orgullosa —continuó él—. Angélica no sale a la calle derrotada. Necesita tiempo para reconstruirse, para asegurarse de que cuando vuelva a moverse… vuelva desde arriba.

  Sandra bajó la mirada, procesándolo.

  —Entonces tenemos margen —murmuró.

  —Un poco —concedió Carlos—. Pero no tanto como me gustaría.

  Se hizo otro silencio. Esta vez distinto.

  Sandra levantó la vista de nuevo.

  —Espera —dijo—. Has dicho .

  Carlos asintió lentamente.

  —Sí.

  —?Les has contado algo?

  —Nada.

  —?Y ellos…?

  Carlos apretó la mandíbula.

  —No me han llamado —dijo—. Ni una vez.

  Sandra sintió un nudo en el estómago.

  —Eso no es normal —susurró.

  —No —coincidió él—. Mi madre llama hasta si me olvido una sudadera.

  La implicación cayó como una losa.

  —Entonces… —empezó Sandra.

  —Probablemente ya estén bajo su influencia —terminó Carlos—. O al menos alguien cercano. Angélica no se mueve a medias. Si no puede tocarme directamente, rodea.

  Sandra cerró los pu?os.

  —Joder…

  Carlos la observó, con una mezcla de culpa y determinación.

  —Por eso te digo lo de la supervisión —a?adió, más suave—. No porque no confíe en ti. Sino porque ahora mismo… cualquiera que esté cerca de mí es un punto vulnerable.

  Sandra respiró hondo. Varias veces.

  —Odio esto —dijo—. Odio sentir que alguien puede decidir cuándo soy libre y cuándo no.

  Carlos asintió.

  —Yo también.

  Se miraron un segundo largo.

  —Pero no voy a dejar que te vuelva a tocar —a?adió él—. Ni a ti, ni a nadie más por mi culpa.

  Sandra lo sostuvo la mirada. Luego, despacio, asintió.

  —Vale —dijo—. No me gusta. Pero lo entiendo.

  Se encogió de hombros.

  —Eso sí —a?adió—. Si intentas protegerme como si fuera una ni?a… te juro que te mando a la mierda aunque tengas el brazo roto.

  Carlos dejó escapar una peque?a sonrisa cansada.

  —Trato hecho.

  Dentro de su mente, Shion permanecía en silencio.

  Pero no era ausencia.

  Era espera.

  Y Carlos lo sabía: el tiempo que Angélica necesitara para recomponerse no sería tiempo muerto.

  Sería una cuenta atrás.

  Carlos bostezó apenas, todavía arrastrando el cansancio en los huesos.

  —Voy a dormir un rato —dijo, con la voz apagada—. Si pasa cualquier cosa… cualquier cosa rara, sacúdeme fuerte. No suave. Fuerte.

  Sandra asintió desde el otro lado del apartamento, sentada en la mesa con el móvil apagado entre las manos.

  —Descansa —respondió—. Yo vigilo.

  Carlos se dejó caer sobre el colchón improvisado sin ceremonia. El dolor seguía ahí, pero el agotamiento ganó rápido. Cerró los ojos… y el mundo se apagó.

  El regreso no fue suave.

  Fue vértigo.

  La sangre se le fue a la cabeza de golpe, el estómago dio un vuelco y un tirón violento en los tobillos le arrancó un gru?ido seco.

  —?Qué…?

  Abrió los ojos de golpe.

  El techo estaba demasiado cerca.

  Y demasiado lejos al mismo tiempo.

  Parpadeó, confundido, hasta que el mareo cedió lo justo para entenderlo: estaba colgado boca abajo, atado de los pies, balanceándose lentamente en el aire. Los brazos le colgaban inútiles hacia el suelo, el cabestrillo tirando del hombro con cada peque?o movimiento.

  —Genial… —murmuró—. Simplemente genial.

  —Ya era hora —dijo una voz a su espalda.

  Carlos giró la cabeza como pudo.

  Kaelis estaba sentada tranquilamente sobre una barandilla metálica, con los brazos cruzados y una expresión peligrosamente serena. No parecía preocupada. Parecía ofendida.

  —Kaelis —gru?ó—. Suéltame ahora mismo.

  Ella inclinó la cabeza.

  —No.

  Carlos cerró los ojos un segundo.

  —Vale. Vale. Escucha. Esto es… incómodo, pero—

  —Es tu castigo —lo interrumpió ella—. Por no despertar.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?Cómo que castigo?

  Kaelis saltó al suelo con ligereza y caminó despacio a su alrededor, observándolo como quien evalúa una pieza defectuosa.

  —Te quedaste ahí tirado —dijo—. Respirando. Vivo. Pero sin reaccionar. Horas.

  Carlos tragó saliva.

  —Ya estoy despierto —se?aló—. Mírame. Despierto. Funcional. Bueno… más o menos.

  Kaelis alzó una ceja.

  —?Y eso qué?

  Carlos abrió la boca… y la cerró.

  —Que ya podemos entrenar —dijo al final, probando suerte.

  Kaelis se detuvo.

  Lo miró.

  Durante unos segundos, no dijo nada. Luego ladeó la cabeza, pensativa.

  —Hm. —Se cruzó de brazos—. Eso… tiene sentido.

  Carlos soltó el aire, aliviado.

  —?Ves? Todo arreglado. Ahora si me sueltas—

  —Pero —a?adió ella, con una sonrisa peligrosa— estoy bastante enfadada.

  El alivio murió en seco.

  —Kaelis… —empezó—. No fue a propósito.

  —No despertabas —repitió ella—. Te zarandeé. Te grité. Incluso consideré cosas peores.

  —?Cosas peores?

  —No vienen al caso.

  Carlos empezó a balancearse un poco más, incómodo.

  —Mira, de verdad —dijo—. Estoy bien. Cansado, sí. Roto, también. Pero útil. Te lo juro.

  Kaelis lo observó en silencio.

  —No me gusta que desaparezcas —dijo al fin—. Cuando alguien se queda así… suele ser porque ya no puede volver.

  Carlos notó algo apretarse en el pecho.

  —Volví —dijo, más serio—. Siempre vuelvo.

  Ella sostuvo su mirada unos segundos más.

  Luego suspiró, exageradamente.

  —Eres un problema —murmuró—. Un problema persistente.

  Se acercó a él y, con un gesto rápido, deshizo las ataduras.

  Carlos cayó al suelo con un golpe torpe, rodando sobre el hombro sano y quedándose ahí unos segundos, respirando hondo.

  —Gracias —dijo desde el suelo.

  —No te acostumbres —respondió Kaelis—. Si vuelves a quedarte así, la próxima vez te dejo colgado más rato.

  Carlos sonrió, cansado.

  —Justo lo que esperaba.

  Mientras se incorporaba con dificultad, una certeza se le asentó en la cabeza:

  Kaelis no sabía dónde había estado.

  Para ella, Carlos simplemente no despertaba.

  Carlos se incorporó despacio, apoyando primero una rodilla, luego la otra. El cuerpo de Loranm respondió con torpeza; las pesas en mu?ecas y tobillos tiraban de él como si quisiera devolverlo al suelo. Canalizó mana casi por reflejo, dejándolo fluir en capas finas por músculos y articulaciones, lo justo para poder mantenerse en pie sin que las piernas le temblaran demasiado.

  Entonces llegó la punzada.

  Un latigazo seco en el brazo derecho.

  Carlos apretó los dientes.

  No había herida allí. No en ese cuerpo. La piel estaba intacta, sin marcas, sin sangre. Y aun así, el dolor era real, profundo, como si algo tirara desde dentro, desde otro lugar. Un eco.

  —Genial… —pensó.

  Sintió cómo el mana se desestabilizaba un instante alrededor del hombro. Lo corrigió rápido, cerrando el flujo como quien aprieta una compuerta antes de que alguien lo note. No dijo nada. No hizo ningún gesto. Kaelis no necesitaba saberlo.

  Respiró hondo y alzó la vista.

  —Entonces —preguntó, fingiendo normalidad—, ?qué haremos hoy?

  Kaelis, que lo observaba con los brazos cruzados, arqueó una ceja.

  —?Después de desaparecer horas y hacerme perder la paciencia? —dijo—. Magia.

  Carlos parpadeó.

  —?Magia?

  —Magia —repitió ella—. Tu control corporal es mediocre, tu resistencia es un desastre y dependes demasiado del refuerzo bruto de mana. Pero eso ya lo sé. Hoy vamos a ver qué puedes hacer de verdad.

  Carlos ladeó la cabeza.

  —Pensé que tú… —dudó— no eras muy de magia.

  —No soy una erudita —admitió Kaelis—. Pero tengo las bases. Las suficientes para que no sigas haciendo el ridículo.

  Eso dolió un poco más que la punzada del brazo.

  Kaelis dio unos pasos, se?alando el espacio abierto del lugar donde entrenaban.

  —Antes de nada —continuó—, necesito saber tu atributo principal.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?Mi qué?

  Kaelis se detuvo en seco.

  Giró la cabeza muy despacio hacia él.

  —No me digas que…

  Carlos tragó saliva.

  —?De qué estás hablando?

  Kaelis se llevó una mano a la cara con un suspiro largo, cansado, casi teatral.

  —Por todos los planos… —murmuró—. ?Ni siquiera sabes lo que es un atributo principal?

  Carlos sintió el calor subirle a la cara.

  —No —admitió, rascándose la nuca con torpeza—. Ni idea.

  El silencio que siguió fue pesado.

  Kaelis lo miró como si acabara de confesar que no sabía leer.

  —?Y pretendes usar magia sin eso? —preguntó—. ?A ciegas?

  —Supongo que sí… —respondió Carlos, cada vez más peque?o—. Nadie me explicó nada.

  Kaelis cerró los ojos un momento, claramente conteniéndose.

  —Vale —dijo al fin—. Escucha, porque no lo repetiré dos veces.

  Se enderezó, adoptando un tono más serio.

  —Todo ser con capacidad mágica tiene afinidad con ciertos elementos o conceptos —explicó—. Fuego, agua, viento, tierra, luz, oscuridad… y otros más complejos. Esa afinidad no se elige. Se manifiesta.

  Carlos escuchaba con atención.

  —El elemento con el que tienes mayor compatibilidad —continuó— es tu atributo principal. Es el que fluye con menos esfuerzo, el que responde mejor a tu mana, el que define cómo se expresa tu magia.

  —?Y los demás? —preguntó Carlos.

  —Existen —respondió Kaelis—. Pero cuestan más. Mucho más. Forzarlos sin entender tu atributo principal es la forma más rápida de agotarte… o romperte por dentro.

  Carlos pensó en la punzada del brazo.

  No dijo nada.

  —Así que —concluyó Kaelis— antes de lanzar hechizos como un idiota, necesitamos saber con qué estás hecho.

  Lo miró fijamente.

  —Concéntrate —ordenó—. Siente tu mana. No lo empujes. No lo fuerces. Deja que se mueva solo.

  Carlos cerró los ojos.

  Dejó que el mana se asentara, que fluyera despacio por su cuerpo reforzado, esquivando con cuidado el brazo derecho. En ese silencio interno, algo empezó a responder. No como una palabra. No como una imagen clara.

  Sino como una sensación.

  Algo que se acumulaba.

  Que presionaba.

  Que quería expandirse… y romper el aire a su alrededor.

  Carlos abrió los ojos, sorprendido.

  Kaelis sonrió de lado.

  —Ahí está —dijo—. Ahora empezamos de verdad.

  Kaelis observó a Carlos con una mezcla de curiosidad y satisfacción mientras notaba cómo el joven comenzaba a reaccionar al flujo de su mana.

  —Al menos —dijo ella, inclinándose un poco hacia él mientras caminaban— sabemos que tienes alguna afinidad. Eso ya es un comienzo.

  Carlos ladeó la cabeza, intrigado.

  —?Afinidad? —preguntó—. ?Entonces ya saben algo?

  —Sí —respondió Kaelis—. Pero para determinar tu atributo principal de manera oficial, y saber con qué elemento eres realmente compatible, iremos a la iglesia. Allí tienen los medios y los expertos para medirlo correctamente.

  Los ojos de Carlos se iluminaron. La idea de ver una iglesia de ese mundo por primera vez le llenaba de emoción. Siempre había escuchado hablar de esos lugares, pero nunca había tenido la oportunidad de entrar. La perspectiva de caminar entre paredes antiguas, ver vitrales y sentir la magia concentrada en un lugar así le hacía vibrar de anticipación.

  —?De verdad vamos a ir allí? —preguntó con entusiasmo—. ?Nunca he visto algo así!

  Kaelis resopló, pero no pudo evitar una peque?a sonrisa ante la reacción genuina de Carlos.

  —Sí, sí, vamos ya —dijo—. No tenemos tiempo que perder.

  Estaban a punto de salir del recinto donde entrenaban cuando, de repente, la puerta se abrió de golpe. Rashak entró con su habitual energía desbordante, saludando de inmediato.

  —?Ey! —exclamó—. ?A dónde se dirigen?

  Kaelis levantó una ceja.

  —Vamos a la iglesia —respondió Carlos—. Para que determinen mi atributo principal.

  Rashak sonrió ampliamente.

  —Pues entonces me apunto —dijo, ya encaminándose hacia la salida—. No me perdería eso por nada.

  Kaelis, rodando los ojos y murmurando entre dientes, se quejó:

  —Esto empieza a parecer una reunión de idiotas…

  Aun así, pusieron marcha. El camino los llevó a través de calles amplias y plazas adornadas con estatuas, hasta que finalmente la silueta de la iglesia se alzó frente a ellos. Colosal y majestuosa, no tenía ni un ápice de modestia: sus torres se alzaban hacia el cielo y los vitrales reflejaban los rayos de luz, llenando el entorno con un colorido casi cegador.

  Al entrar, lo que más llamó la atención de Carlos no fueron las dimensiones, ni los vitrales, ni los frescos que decoraban las paredes. Fue la gente.

  Había monjas y sacerdotes de razas distintas: humanos, elfos, algunas criaturas humanoides con rasgos exóticos, todos vestidos con sus túnicas impecables y brillantes. Pero lo realmente impactante era que no había ni un solo miembro que pudiera considerarse feo. Todos tenían rostros armoniosos, cuerpos proporcionados y atractivos. Las mujeres tenían curvas pronunciadas y rostros delicados, mientras que los hombres, jóvenes o de mediana edad, irradiaban fuerza y encanto en cada movimiento.

  Rashak lo notó al instante y comentó con naturalidad:

  —Así es la iglesia. Perfecta.

  Kaelis bufó, cruzando los brazos mientras lanzaba una mirada crítica a su alrededor:

  —Perfectos, dice… No son perfectos. Solo son hipócritas con rostros bellos.

  Carlos los observaba, fascinado y algo intimidado a la vez. La mezcla de grandiosidad del lugar, la energía palpable y la perfección estética de sus miembros lo dejaba con la boca ligeramente abierta. No podía evitar preguntarse cómo funcionaba algo tan imponente y ordenado en un mundo tan caótico.

  Kaelis, percibiendo su admiración, a?adió con un tono casi didáctico:

  —Aquí, cada gesto, cada palabra, incluso la manera en que controlan su apariencia, está cuidadosamente calculada. No confundan belleza con bondad, ni orden con justicia. Mucho de lo que ves es apariencia, nada más.

  Carlos asintió lentamente, tomando nota mental de cada detalle, mientras Rashak, como siempre, parecía disfrutar de la escena con una sonrisa traviesa.

  —Bueno —dijo Kaelis finalmente—, dejemos de mirar como turistas y vamos a lo importante. Tu atributo principal.

  Los tres avanzaron por la nave central de la iglesia, rodeados de columnas altísimas y ecos de pasos que reverberaban por todo el lugar. Cada paso que daban hacía que Carlos sintiera cómo la energía mágica del lugar se filtraba en su cuerpo, erizándole la piel y llenándolo de una expectativa casi eléctrica.

  —Prepárate —dijo Kaelis a Carlos—. No será doloroso, pero sí revelador. Aquí descubrirás lo que realmente eres capaz de manejar.

  Carlos tragó saliva, una mezcla de nervios y emoción, mientras seguían avanzando hacia la zona donde los expertos les esperaban. Nunca había estado tan ansioso por algo que no entendía del todo, pero el instinto le decía que este momento marcaría un antes y un después.

  Cuando llegaron al altar, se encontraron con un sacerdote. Era un hombre mayor, de cabello canoso y arrugas que marcaban su experiencia, pero de ningún modo feo; su porte y rostro irradiaban una autoridad tranquila y cierta dignidad. Kaelis, cruzando los brazos, se adelantó un paso y habló:

  —Queremos una revisión de atributo principal.

  El sacerdote la miró con ojos profundos y voz solemne respondió:

  —Encantado lo haré… pero costará una moneda de oro.

  Carlos se quedó paralizado, con la mandíbula ligeramente abierta. No esperaba que algo así tuviera un precio tan literal. Kaelis chasqueó la lengua y murmuró por lo bajo:

  —?Rácano ladrón!

  Mientras decía eso, sacó la moneda y la entregó al sacerdote sin levantar la voz, demostrando que no iba a discutir por tan poca cosa.

  —?Cuál de los tres será? —preguntó el sacerdote, alzando una ceja con curiosidad.

  Kaelis se?aló a Carlos con el pulgar, sin perder la compostura:

  —Será el antropomorfo.

  El sacerdote asintió y le indicó a Carlos que lo siguiera. Caminó con él por un pasillo lateral hasta llegar a una habitación apartada, más tranquila y con menos luz que la nave central, pero con un aire cargado de solemnidad. Allí, en el centro, había lo que parecía un espejo antiguo, de marco tallado y con un leve resplandor que parecía emanar desde dentro.

  —Coloca la mano sobre el espejo —dijo el sacerdote, con voz suave—. Tus atributos se revelarán al tocarlo.

  Carlos respiró hondo, sintiendo una mezcla de nervios y expectación. Extendió la mano con cuidado y la apoyó sobre la superficie fría y lisa del espejo. Un leve cosquilleo recorrió su brazo y un escalofrío le subió por la espalda. Por un instante, todo pareció en silencio, como si el aire mismo contuviera la respiración.

  El resplandor del espejo empezó a intensificarse lentamente, y formas y símbolos etéreos comenzaron a surgir alrededor de su mano, dibujando un mapa mágico que parecía entrelazarse con su propia energía. Carlos contuvo el aliento, consciente de que ese instante podría revelar algo que cambiaría su comprensión de sí mismo para siempre.

  —Concéntrate —dijo el sacerdote—. Solo cuando aceptes tu esencia, tus atributos aparecerán con claridad.

  Carlos cerró los ojos un momento, enfocándose en su respiración y en la energía que sentía fluir dentro de él, mientras la luz del espejo empezaba a formar figuras más definidas alrededor de su mano, revelando poco a poco la verdad de su afinidad y de su atributo principal.

  Cuando el espejo terminó de reaccionar, Carlos aún no había abierto los ojos. Sentía el cosquilleo recorrerle el brazo, una presión extra?a en el pecho, como si algo dentro de él estuviera siendo pesado, medido, comparado. El silencio de la habitación se volvió espeso… hasta que el sacerdote habló.

  —Magnífico… —murmuró, con una mezcla de asombro genuino y reverencia—. Simplemente… inaudito.

  Eso fue lo que hizo que Carlos abriera los ojos. Frente a él, sobre la superficie del espejo, flotaban líneas y más líneas de palabras, símbolos y círculos entrelazados. No entendía nada. No reconocía el idioma ni la forma de las runas, pero podía sentir que aquello hablaba de él. Parpadeó, confundido, y giró la cabeza hacia el sacerdote.

  —?Qué… qué dice? —preguntó.

  El sacerdote lo miraba como si estuviera frente a un fenómeno irrepetible.

  —Dice —respondió con solemnidad— que posees afinidad con todos los atributos conocidos.

  Carlos frunció el ce?o.

  —?Todos…?

  —Luz. Oscuridad. Tierra. Viento. Agua. Fuego. éter. —El sacerdote enumeraba despacio, como si cada palabra pesara—. Todos. No hay un atributo principal porque… no hay exclusión.

  Carlos se quedó en blanco durante un segundo. Luego, sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, casi infantil. Volvió a mirar el espejo, como si de pronto pudiera leerlo por arte de magia, aunque seguía sin entender ni una sola palabra. No importaba. Sentía algo cálido expandirse en el pecho.

  —Es… increíble —murmuró.

  El sacerdote asintió con gravedad.

  —Es algo que muchos pasan toda una vida buscando sin lograrlo jamás.

  La puerta de la habitación se abrió un poco más y algunas monjas, que habían estado esperando fuera, se asomaron. Al escuchar la explicación, no tardaron en acercarse. Sin ningún tipo de vergüenza, empezaron a pegarse descaradamente a él. Una lo abrazó por detrás, metiéndole el brazo en la generosa curva de su pecho, mientras otra le apretaba el brazo contrario contra el suyo, rozándolo con su propio busto. Lo rodeaban con una familiaridad que rozaba lo inapropiado.

  —Un don así es rarísimo… —susurró una a su oído.

  —Tienes una presencia especial… —dijo otra, mientras le pasaba una mano por el pecho—. No eres feo para nada… Estarías perfecto aquí, en la iglesia.

  —?Has considerado unirte a nosotros? —preguntó una tercera con entusiasmo, presionándose contra su costado—. Encajarías perfectamente.

  Carlos se vio de repente ahogado en un mar de hábitos y perfume, ligeramente abrumado por la atención repentina y el contacto físico constante. No era incomodidad, exactamente, pero sí demasiadas voces, demasiadas miradas y demasiados cuerpos encima de él.

  Antes de que Carlos pudiera siquiera procesar la pregunta, la puerta se abrió de golpe.

  —?Ya me imaginaba yo que algo así estaría pasando!

  El estruendo hizo que todos se giraran. Kaelis estaba en el umbral, con una pierna aún levantada de la patada que había dado a la puerta. Sus ojos recorrieron la escena: el espejo brillante, el sacerdote extasiado, las monjas rodeando a Carlos como si fuera una reliquia recién descubierta, pegadas a él sin ningún pudor.

  Chasqueó la lengua.

  —Cinco minutos a solas y ya intentan reclutarlo —dijo con desdén—. Sois previsibles hasta dar pena.

  El sacerdote se interpuso con urgencia entre Carlos y Kaelis, extendiendo los brazos como si protegiera un tesoro. Mientras tanto, las monjas, lejos de soltar a Carlos, se pegaron más a él, aferrándose a su brazo y hombro con una posesividad casi animal, como si ahora les perteneciera. —?Detente! —exclamó el sacerdote, con la voz vibrante de convicción—. Este muchacho no es tu aprendiz para que lo arrastres a donde quieras. ?Es una joya nacional! Con todas sus afinidades, lo más sabio, lo más lógico, es que se una a la iglesia. Aquí podría vivir en paz, tener lo que deseara, comida, techo, respeto… —hizo una pausa, mirando a Carlos con una calculadora reverencia—. Incluso le buscaríamos una prometida. No podemos permitir que unos genes tan superiores se pierdan. Debe crear una descendencia que se acerque más a Dios. Carlos, atrapado en el abrazo de dos monjas y con la mente sobrecargada, solo podía murmurar, aturdido: —?Prometida… y descendencia? Kaelis ignoró por completo a Carlos. Su mirada helada se clavó en el sacerdote. —Aparta y devuélveme a Loranm —dijo, con una calma que era mucho más aterradora que un grito. —?No es sensato! —replicó el sacerdote, ofendido—. ?Es un acto de pura insensatez negarle a este chico el destino que le espera! ?Debes entregárselo a la iglesia! Kaelis dio un paso al frente, sus hombros tensos, y su voz bajó a un tono amenazante y cortante. —No voy a dejar a Loranm en esta iglesia con su religión podrida y enfermiza. Me lo devuelves ahora mismo, o esto se convierte en un campo de batalla. Mientras decía esto, sus pu?os se cerraron hasta que los nudillos se pusieron blancos. Su cuerpo se tensó, adoptando una postura lista para el combate, preparada para aplicar la violencia en cuanto el sacerdote se negara a devolverle a Carlos

  El sacerdote levantó una mano con gesto autoritario. Las monjas, aunque a rega?adientes, aflojaron los brazos y se separaron de Carlos, retrocediendo un paso sin dejar de mirarlo como si se tratara de algo que acababan de perder. El aire se volvió un poco más respirable.

  El sacerdote se acercó entonces a Carlos, inclinándose lo justo para que solo él pudiera oírlo.

  —Recuerda esto —susurró, con una sonrisa suave que no alcanzaba a sus ojos—. En la iglesia siempre tendrás un hueco. Siempre.

  Carlos no respondió. Se quedó quieto, con la mirada perdida durante unos segundos, procesando demasiadas cosas a la vez: el espejo, las palabras incomprensibles, las monjas, la “prometida”, la descendencia. Fue la voz de Kaelis la que lo sacó de ese bloqueo.

  —Nos vamos —dijo, seca.

  Carlos asintió de inmediato y caminó hacia ella sin mirar atrás. Kaelis se dio la vuelta sin dedicarles una última palabra, y juntos salieron de la habitación. Al reunirse con Rashak en la nave principal, este apenas tardó un segundo en darse cuenta de que algo iba mal.

  —Vaya cara llevas —comentó, rascándose la nuca—. ?Qué ha pasado?

  —Luego —respondió Kaelis, cortante—. Hablaremos al volver.

  Rashak levantó las manos en se?al de rendición y no insistió. Los tres abandonaron la iglesia, y mientras se alejaban, Carlos no pudo evitar girar ligeramente la cabeza. Desde la enorme puerta, el sacerdote y varias monjas los observaban marcharse. Sonreían. No era una sonrisa amable ni resignada, sino una cargada de algo inquietante, como si aquello no hubiera terminado.

  El camino de vuelta se hizo en silencio.

  Cuando por fin regresaron a la casa de Kaelis y Rashak se retiró a otra habitación, Kaelis cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Se cruzó de brazos y miró fijamente a Carlos.

  —Bien —dijo—. ?Qué ha pasado ahí dentro mientras estabas a solas con ese sacerdote? Porque no es normal que alguien se ponga así de… insistente. Parecía que estaba a punto de secuestrarte.

  Carlos dudó un segundo, pero terminó suspirando.

  —Me dijo lo que mostraba el espejo —explicó—. Al parecer… tengo afinidad con todos los elementos. Como si todos fueran atributos principales.

  El efecto fue inmediato.

  Kaelis abrió los ojos de par en par y dio un peque?o paso atrás. Tosió de golpe, llevándose una mano al cuello, como si se hubiera atragantado con su propia saliva.

  —?Cómo has dicho? —preguntó, incrédula, clavando los ojos en él—. Repítelo. Despacio.

  —Que… tengo afinidad con todos —repitió Carlos, algo incómodo—. Luz, oscuridad, tierra, viento… todos.

  Kaelis se quedó mirándolo en silencio durante varios segundos. Su expresión pasó del shock a una mezcla de incredulidad y alarma.

  —Eso no es normal —murmuró—. Ni raro. Es directamente absurdo.

  Se llevó una mano a la cara, masajeándose el puente de la nariz.

  —Ahora todo tiene sentido… —a?adió, con un deje de irritación—. Claro que querían quedárselo. Claro que hablaban de joyas y descendencia.

  Bajó la mano y lo miró con seriedad.

  —Carlos —dijo—, a partir de ahora no vuelves a ir solo a ningún sitio. Y menos a la iglesia. ?Me oyes?

  Carlos asintió sin protestar.

  —Sí… lo oigo.

  Kaelis suspiró despacio, pero su cuerpo seguía tenso.

  —Joder… —murmuró—. En qué lío te has metido sin siquiera saberlo.

  Kaelis se dejó caer en una de las sillas, como si de repente el cansancio le hubiera caído encima de golpe. Permaneció unos segundos en silencio, mirando al suelo, con los dedos golpeando suavemente la madera.

  —Escucha bien —dijo al fin, sin levantar la vista—. Lo que te han dicho hoy no es una bendición. Es una diana pintada en la espalda.

  Carlos tragó saliva.

  —?Tan grave es?

  Kaelis alzó la mirada. No había burla en sus ojos. Ni sarcasmo. Solo una seriedad cruda que no le había visto antes.

  —En este mundo, tener una afinidad fuerte ya te pone por encima del promedio. Tener dos… te convierte en alguien raro. Tener todas —hizo un gesto vago con la mano— es algo que la gente intenta poseer, encerrar o usar. Y la iglesia… —chascó la lengua— la iglesia no “protege” nada que no pueda controlar.

  Carlos apoyó la espalda contra la pared. De repente, el entusiasmo que había sentido frente al espejo se le antojaba ingenuo. Infantil.

  —No quería problemas —murmuró—. Solo… aprender.

  —Y lo harás —respondió Kaelis con firmeza—. Pero bajo mis reglas.

  Se levantó de la silla y se plantó frente a él.

  —A partir de ahora, tu entrenamiento cambia. Nada de ir por ahí mostrando lo que eres. Nada de pruebas públicas, nada de iglesias, nada de símbolos brillantes. Aprenderás a ocultar tu mana, a falsear afinidades si hace falta. Primero control. Luego poder.

  Lo se?aló con un dedo.

  —Y nunca olvides esto: no le debes nada a nadie por haber nacido como eres.

  Carlos asintió despacio. Sentía el peso de esas palabras hundirse poco a poco.

  —Gracias… —dijo, sin saber muy bien por qué.

  Kaelis desvió la mirada.

  —No me des las gracias todavía. —Se giró hacia la ventana—. Hoy solo hemos confirmado una cosa.

  —?Cuál?

  Ella habló sin mirarlo.

  —Que ya no estás jugando a ser aprendiz. Y que, te guste o no, acabas de entrar en el tablero de verdad.

  El silencio se asentó en la habitación. Afuera, el mundo seguía igual. Pero Carlos lo sabía: algo había cambiado para siempre.

  Y, en algún lugar, tras los muros de una iglesia demasiado perfecta, alguien ya estaba planeando su siguiente movimiento.

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