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Capítulo 6: EL DESPERTAR DE LA ESTRELLA ERRANTE

  El bochorno de la capital se le pegaba a la piel como una capa de suciedad persistente, una amalgama de humedad, hollín y el aliento pesado de una ciudad que nunca descansaba de su propio caos. Alexis se pasó una mano por la frente, sintiendo el sudor frío, y no pudo evitar que un pensamiento recurrente la asaltara: extra?aba el frío perpetuo de su Valle de las Neblinas. Allí, el aire no pesaba; allí, la bruma era un abrazo conocido y no esta asfixia de concreto que parecía querer devorarla. Frente al espejo opaco y manchado de la habitación del hotel, se terminó de acomodar el cuello de la camisa del acopio. Sus manos, acostumbradas a la rudeza del trabajo agrícola y la precisión de las cuentas, temblaron apenas un milímetro. Era el cansancio, se dijo a sí misma. Un cansancio que iba más allá de lo físico.

  Ya iba para más de un mes desde que las cosas en el pueblo habían dejado de tener sentido. Lo que empezó como sutiles anomalías —el viento soplando en direcciones imposibles, el color del cielo cambiando a tonalidades que no pertenecían al espectro natural— se había transformado en una inquietud constante. Pero esta última semana, esa extra?eza se había vuelto asfixiante, casi sólida. Alexis sintió que el aire mismo estaba cargado de una electricidad estática, una vibración que se le metía debajo de las u?as y le erizaba el vello de la nuca. Era como si el mundo entero estuviera conteniendo el aliento antes de un grito, y ella fuera la única capaz de oír el silencio previo.

  A veces, mientras caminaba por las calles de la capital, sentía que era la única cuerda en un mundo que había decidido volverse loco o, peor aún, ciego por voluntad propia. Había visto cosas que desafiaban la lógica elemental: nieve cubriendo los cafetales bajo un sol de justicia, y luces extra?as, violentas, chocando en la cumbre de los cerros como si dos dioses estuvieran despedazándose en las alturas. Pero al bajar la mirada, la gente seguía con sus vidas, pegada a sus teléfonos o sumida en sus problemas cotidianos, ignorando el colapso de la realidad sobre sus cabezas.

  Al menos, recordar a Alan le daba las fuerzas que sus piernas a veces flaqueaban en encontrar. Su hermanito estaba cambiando, y eso era lo único que realmente importaba en medio de tanta locura. Alexis sonorizada para sus adentros, una sonrisa breve que no alcanzó a iluminar sus ojos cansados. Ese nuevo rastro de coraje en Alan, esa forma de no quedarse callado ante los matones de la escuela, de decirles sus verdades con una dignidad que a ella misma le asombraba, era lo que la mantenía en pie. Aunque le dolía en el fondo del alma que el ni?o todavía no supiera defenderse con los pu?os y que regresara a veces con la ropa sucia, ver que ya no bajaba la cabeza, que su espíritu permanecía intacto frente a la injusticia, era su mayor orgullo. Por él estaba allí, por él soportaba el bochorno y la incertidumbre.

  Salió del hotel con la mente Puesta en las ventas de la feria, repasando mentalmente los precios del café y las rutas de transporte, pero apenas caminó unas cuadras, el universo decidió que el tiempo de las sutilezas había terminado. El sonido del concreto estallando, un estruendo seco y masivo que vibró en sus dientes, la obligó a detenerse en seco.

  Alexis se quedó de piedra, apretando su tabla de apuntes hasta que los nudillos se le pusieron blancos, casi transparentes. A lo lejos, entre el humo denso que empezaba a brotar de los edificios, dos siluetas se movían con una violencia que desafiaba toda lógica física. No eran humanas, o al menos no se movían como cuentos. Eran borrones de color y destrucción. Una de ellas lanzaba llamadas de un naranja tan intenso que convertían los vehículos en chatarra fundida en cuestión de segundos, dejando tras de sí un rastro de metal líquido que burbujeaba sobre el asfalto. La otra, con una frialdad mecánica, hacía brotar lanzas de hielo de las alcantarillas, proyecciones cristalinas de un azul gelido que atravesaban las paredes de los comercios con la facilidad de un cuchillo caliente cortando mantequilla.

  A los ojos de Alexis, no eran héroes de cuentos ni soldados de alguna facción desconocida; Eran simplemente dos maníacas dotadas de fuerzas que nadie debería poseer. Eran fuerzas de la naturaleza desatadas sin control, sembrando el terror entre la gente que corría desesperada, sus gritos ahogados por las explosiones y el siseo del vapor. No necesitaba que nadie le explicara qué estaba viendo; Eran los mismos colores, la misma vibración destructiva que llevaba semanas acechando las sombras de su pueblo. La diferencia era que ahora habían decidido salir a plena luz del día para despedazar la ciudad, como si el mundo fuera su campo de juegos personales y las vidas de los demás, simples obstáculos que barrer.

  — ?Es que esto no se va a acabar nunca? —masculló Alexis, con la rabia comenzando a ganarle terreno al asombro paralizante.

  Ver a las dos figuras ensa?arse con la ciudad le revolvió el estómago. Era una injusticia que le quemaba las entra?as. Que esas mujeres usaran semejante poder para pisotear a los demás, para destruir el trabajo de vidas enteras y sembrar el pánico, le parecía la máxima expresión de la cobardía. La frustración de ser la única que realmente "veía" la gravedad del asunto, la única que percibía la conexión entre el caos del valle y esta carnicería urbana, la hacía querer gritar hasta desgarrarse la garganta.

  Un estruendo más cercano la sacó de su estupor. El ala de un edificio cercano, debilitada por una ráfaga térmica, cedió finalmente. El sonido del acero retorciéndose fue como el gemido de un animal herido, lanzando una lluvia de escombros de concreto y vidrio hacia la calle. Entre el humo asfixiante y los gritos desgarradores, Alexis divisó a un hombre mayor. Había caído al suelo, sus piernas negándose a responder, paralizado por el pánico mientras una cornisa masiva de concreto amenazaba con venirse abajo sobre él, un juicio final de piedra.

  —?Cuidado! —gritó ella, y antes de que su cerebro pudiera procesar el riesgo, sus pies ya estaban en movimiento.

  Alexis soltó su tabla de apuntes, dejando que sus papeles se dispersaran como hojas muertas en el viento, y se lanzó hacia el hombre. Lo sujetó con una fuerza que no sabía que poseía, arrastrándolo por el brazo hacia la seguridad relativa de un callejón estrecho. Apenas sus pies tocaron la sombra de los edificios, el tiempo pareció dilatarse. El hombre se detuvo en seco, pero su miedo no se evaporó por estar a salvo del derrumbe. Se desvaneció porque una presencia nueva, pesada y ancestral, dominaba el aire del callejón.

  De entre las sombras y el humo que se filtraba desde la calle, emergió una figura que parecía suspendida en una burbuja de tiempo detenido. Vestía una túnica de un blanco inmaculado, de una tela que no parecía estar hecha de hilos, sino de luz tejida, y que ondeaba con una elegancia etérea sin necesidad de viento. Una máscara rígida, plateada y sin rasgos, ocultaba cualquier rastro de humanidad en su rostro, dándole un aire de estatua viviente. Alexis dio un paso atrás, poniéndose instintivamente frente al hombre para protegerlo, pero la figura encapuchada no mostró se?ales de agresión.

  —No temas, Alexis —dijo la figura. Su voz no venía del aire, sino que resonaba en el interior de su cráneo como el eco en una catedral inmensa—. Soy la Guardiana de las Gemas. He recorrido las estrellas, cruzando el vacío del espacio y el tiempo, buscando el valor que ahora veo arder en tus ojos.

  Alexis frunció el ce?o, confundida, alerta y con los nervios a flor de piel. —?La guardiana de qué? Mire lo que esas dos locas están haciendo ahí fuera... ?están matando a la gente!

  —Precisamente por eso estoy aquí —la interrumpió la Guardiana, se?alando con un gesto lánguido hacia el caos de fuego y hielo que devoraba la avenida—. Esas que ves no son guerreras, son traidoras de la peor clase. Eran Rangers, guardianas destinadas a proteger el sagrado equilibrio del universo, pero han corrompido su propósito fundamental. Se han vuelto rebeldes, usando sus gemas elementales para su propio beneficio, para traer la ruina a los mundos que juraron proteger.

  Alexis miró hacia la calle por el rabillo del ojo. Una llamarada acababa de calcinar un poste de luz, que cayó al suelo en medio de una lluvia de chispas eléctricas. La idea de que esas mujeres tuvieran un "propósito sagrado" y lo hubieran traicionado de forma tan vil solo aumentó su desprecio. Si eran guardianas, eran las peores que el destino pudo haber elegido.

  —Ahora el universo mismo corre peligro —continuó la encapuchada, acercándose un paso más, su presencia emanando un calor reconfortante pero imponente—. El equilibrio se ha roto, y tú eres la única con la fuerza interior necesaria para detenerlas. Necesito que te conviertas en una Ranger, que seas mi mano derecha en esta era de oscuridad para recuperar las gemas que ellas han profanado con su odio.

  Alexis guardó silencio un momento. Sus oídos zumbaban. No le importaban las estrellas, ni el equilibrio galáctico, ni los títulos legendarios que sonaban a mitos olvidados. Pero pensó en el Valle de las Neblinas. Pensó en Alan, solo en casa, vulnerable en un mundo donde estas "locas" podían aparecer en cualquier momento y reducir su peque?o universo a cenizas. Si no hacía nada, nadie lo haría.

  —No sé nada del universo —respondió Alexis con una voz que sonó firme, gélida y decidida—. Pero no voy a dejar que esas tipas sigan haciendo lo que quieran con la vida de los demás. Si ser una de esas Rangers es la única forma de mantener a mi hermanito a salvo de este desastre, entonces acepto. No importa el precio.

  La Guardiana asintió lentamente, un gesto que denotaba una solemnidad antigua. De entre los pliegues infinitos de su capa, extrajo un peque?o contenedor tallado en una obsidiana tan oscura que parecía absorber la poca luz que se filtraba en el callejón. Al abrirlo, el aire alrededor de ambas pareció vibrar, cargado de una presión invisible.

  Dentro, reposaba una gema de un blanco absoluto. No era un mineral común; era como si alguien hubiera tomado un fragmento del sol de mediodía, lo hubiera despojado de su calor abrasador y lo hubiera comprimido hasta convertirlo en una joya sólida. La piedra pulsaba con un brillo puro, rítmico, proyectando rayos que cortaban la penumbra del callejón como cuchillas de cristal. Era luz pura, sólida y antigua, una fuerza que parecía tener conciencia propia, esperando por fin una mano que supiera empu?arla con la rectitud necesaria.

  Alexis extendió la mano, con el corazón martilleándole el pecho. Sus dedos rozaron la superficie vibrante de la gema. En el instante en que su piel hizo contacto con el cristal, el callejón, el hombre, el humo y la ciudad desaparecieron bajo una columna de luz tan cegadora que habría dejado ciego a cualquier mortal. Era una explosión de pureza absoluta que reclamaba el espacio, un torrente de energía que penetró en cada poro de su piel, en cada fibra de su musculatura, reescribiendo su propia existencia desde el núcleo.

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  Cuando el resplandor comenzó a disiparse en jirones de energía blanca que flotaban como plumas de ángel, la mujer que emergió de la luz no era la misma muchacha del acopio. La transformación había sido radical, una metamorfosis grabada en cada célula de su ser por el poder de la luz. El cabello azabache de Alexis se había transmutado en una melena de un rubio brillante y eléctrico, un tono de oro pálido que capturaba la luz ambiental y la multiplicaba, cayendo sobre sus hombros con rizos definidos que parecían tener vida propia. Sus ojos marrones, profundos y trabajadores, ahora eran de un azul cielo majestuoso, gélidos, divinos y penetrantes, mientras que su piel había adquirido una palidez aristocrática y luminosa, como si estuviera esculpida en mármol fino y luz solar.

  Físicamente, aunque mantenía su estatura, su cuerpo se sentía ligero como un fotón pero dotado de una potencia atlética arrolladora, una máquina de combate perfecta. Alexis sintió cómo su figura se volvía más voluptuosa y definida; sus senos habían ganado volumen de manera notable, creciendo al menos dos tallas hasta alcanzar un tama?o imponente que, aunque no llegaba a la prominencia masiva de las Rangers de fuego o hielo, se situaba en un punto medio perfecto, firme y equilibrado. Sus caderas se habían redondeado y sus piernas se sentían capaces de saltar edificios.

  Su traje era una pieza de dise?o celestial, una armadura de tela de luz. Llevaba un ba?ador de una sola pieza de un blanco inmaculado, cuya parte delantera presentaba una abertura audaz y vertical que nacía en el cuello y descendía en un tajo limpio hasta su ombligo, revelando la firmeza de su abdomen y el nacimiento de sus nuevos y orgullosos atributos. En la parte inferior, el corte estilo tanga era extremadamente alto, ascendiendo por encima de las caderas y acentuando con una precisión gráfica la forma esculpida y la firmeza de su trasero. Un cinturón blanco ce?ía su cintura de avispa, destacando la hebilla con la estrella de cuatro puntas que emitía destellos constantes de energía pura.

  Sus piernas se veían infinitas gracias a unas botas blancas de tacón de aguja que ascendían casi hasta el muslo, ajustándose a sus curvas como una segunda piel y terminando en puntas metálicas reforzadas. Una gargantilla blanca rodeaba su cuello con sencillez, simbolizando su vínculo con la gema, y una peque?a capa blanca, que apenas llegaba a la mitad de su espalda, ondeaba con una elegancia etérea, dejando tras de sí un rastro de partículas brillantes.

  Alexis cerró los pu?os, sintiendo una corriente eléctrica y cálida recorrerle la columna, una oleada de poder que la hacía sentir capaz de mover monta?as con el pensamiento. Una sonrisa de determinación iluminó su nuevo rostro.

  —Con esto… —susurró, y su voz resonó con una ligera vibración divina, una armonía que llenó el callejón—. Con esto nadie podrá volver a tocar a mi hermano. Jamás.

  La felicidad la embargó al comprender la magnitud de su nuevo ser. Alan no tenía idea de que, mientras él luchaba contra peque?os matones en la escuela, su hermana mayor acababa de convertirse en una diosa de la luz dispuesta a reducir a cenizas cualquier amenaza que se atreviera a cruzar su camino. No le importaban las Rangers rebeldes ni la política de la Guardiana; solo le importaba que ahora tenía el arma definitiva para proteger el mundo de Alan.

  Sin perder un segundo, Alexis flexionó sus piernas y se impulsó hacia el cielo. El estallido de velocidad fue tal que el pavimento bajo sus botas de aguja se resquebrajó, lanzándola como un proyectil blanco hacia el epicentro del desastre. Estaba tan concentrada en la adrenalina que le quemaba las venas que no notó cómo, a sus espaldas, la figura de la Guardiana comenzaba a vibrar de forma antinatural, deshaciéndose en jirones de una oscuridad densa y aceitosa que se filtraba en las grietas de las sombras hasta desaparecer por completo, como si nunca hubiera estado allí.

  Alexis aterrizó en medio de la avenida principal con un impacto que hizo temblar los edificios colindantes, levantando una nube de polvo y luz blanca. Frente a ella, a unos cincuenta metros, las dos impostoras se detuvieron. Sus rostros eran inexpresivos, máscaras de crueldad y poder elemental, pero al ver a Alexis, algo pareció cambiar en su postura.

  —?Se acabó el juego! —rugió Alexis, y su voz se expandió por la calle como un trueno.

  La batalla estalló con una violencia ensordecedora. Alexis se movía con una ligereza divina, una velocidad que hacía que el mundo a su alrededor pareciera moverse en cámara lenta. Sin embargo, pronto comprendió que el poder bruto no lo era todo. La falsa Ranger de Fuego lanzó una ráfaga de llamas que convirtió el aire en un horno; el fuego no era naranja, sino de un blanco azulado por la temperatura. Alexis la esquivó con una pirueta acrobática en el aire, sintiendo el calor extremo lamer su capa y el aire quemarle los pulmones por un segundo, solo para ser recibida por un muro de estacas de hielo que brotaron del suelo con la velocidad y la cadencia de una ametralladora pesada.

  Alexis aterrizó y de inmediato tuvo que impulsarse lateralmente. La Ranger de Hielo movía las manos con una gracia macabra, congelando el aire mismo para crear proyectiles afilados que perseguían a la nueva Ranger de la Luz. Alexis bloqueó uno con su antebrazo, sintiendo un frío punzante que amenazaba con paralizar sus músculos, pero la energía de su gema reaccionó, disolviendo el hielo en vapor instantáneo.

  La Ranger de la Luz era increíblemente rápida, pero las impostoras peleaban con una coordinación mecánica, inhumana y brutal. Parecían leerse la mente. Mientras Alexis intentaba cerrar la distancia con la de fuego para un golpe físico, la de hielo creaba rampas y obstáculos que la obligaban a cambiar de trayectoria. Un impacto directo de energía térmica la golpeó finalmente en el costado, un golpe explosivo que la lanzó contra un vehículo volcado. El metal se arrugó bajo su cuerpo con un chirrido de agonía mecánica.

  Antes de que Alexis pudiera recuperarse del impacto inicial, un latigazo de escarcha absoluta le apresó los tobillos. El frío era tan intenso que sintió como si le estuvieran clavando miles de agujas en los huesos. Con un movimiento brusco de su oponente, fue arrastrada por el asfalto y golpeada contra el muro de un comercio. Alexis gemía de dolor, una mezcla de sorpresa y rabia. Sus músculos, aunque inmensamente más fuertes, no respondían todavía con la fluidez necesaria; su mente humana estaba tratando de procesar un combate que ocurría a velocidades divinas. Estaba siendo superada por la experiencia táctica de las traidoras; la fuerza bruta de los elementos la estaba acorralando entre cráteres de escombros y ceniza negra.

  —?Dije... que se acabó! —gritó Alexis desde el suelo, golpeada por la pura frustración de no poder proteger el espacio que pisaba, de verse humillada por aquellas que despreciaba.

  En ese momento crítico de desesperación y dolor, su voluntad, forjada en la dureza del campo y el amor por su hermano, se manifestó de forma física. No fue un pensamiento consciente, fue una necesidad del alma. Cerró los ojos con fuerza y extendió la mano derecha hacia el cielo plomizo de la capital. La luz ambiental de Managua, los reflejos anaranjados de los incendios provocados por la Ranger de Fuego y el brillo mortecino del sol filtrado por el humo parecieron ser absorbidos por un vórtice invisible en su palma.

  Con un sonido similar al cristal rompiéndose en mil pedazos bajo una presión infinita, una estructura sólida empezó a materializarse en su mano: una lanza de luz pura, de casi dos metros de largo. El asta vibraba con un zumbido eléctrico constante y la punta era una estrella de cuatro puntas, idéntica a su hebilla, que emitía una radiación sagrada.

  El arma pesaba menos que una pluma en sus manos, se sentía como una extensión de su propio brazo, pero irradiaba un calor que no quemaba, sino que reconfortaba. Alexis se puso en pie, haciendo girar la lanza con una destreza que no sabía que poseía, creando un escudo de luz circular que vaporizó instantáneamente los proyectiles de hielo que la Ranger de Hielo le lanzaba. Con un rugido de batalla, se lanzó hacia adelante.

  Esta vez, el intercambio fue distinto. Alexis cargó contra la Ranger de Fuego. La traidora intentó envolverla en un tornado de llamas, pero Alexis atravesó el fuego con la punta de su lanza, abriendo una brecha de aire puro en medio del infierno. La de fuego retrocedió, sorprendida por la potencia del contraataque, y Alexis aprovechó para lanzar una estocada que rozó el hombro de su oponente, dejando una marca de luz que quemaba la esencia misma de la impostora.

  La Ranger de Hielo intervino, tratando de congelar la lanza de Alexis desde la distancia, pero la luz era el enemigo natural de las sombras y el frío. Alexis golpeó el suelo con la base de su arma, enviando una onda de choque lumínica que resquebrajó las estructuras de hielo en un radio de treinta metros, liberando a los civiles atrapados en los edificios cercanos.

  La batalla subió de intensidad. Las tres mujeres se convirtieron en borrones de blanco, rojo y azul, chocando entre los edificios colapsados. Alexis usaba su lanza para desviar ataques y devolver golpes con una fuerza que hacía estallar el asfalto. Cada vez que su lanza chocaba contra las protecciones elementales de sus enemigas, se producía una detonación de energía que iluminaba la ciudad como si fuera mediodía.

  Alexis se sentía en trance. Su cuerpo se movía solo, respondiendo a los siglos de conocimiento marcial almacenados en la Gema de la Luz. Esquivó una lluvia de meteoros de fuego saltando sobre los escombros de un autobús, y mientras estaba en el aire, lanzó un rayo de luz desde la punta de su lanza que obligó a la Ranger de Hielo a crear un escudo masivo que terminó agrietándose bajo la presión.

  Sin embargo, a pesar de su despertar, las impostoras no daban se?ales de fatiga. Se reagruparon en el centro de la intersección, sus energías combinándose en un espectáculo de destrucción coordinada.

  —Luz... por fin has despertado de tu letargo —dijo la impostora de fuego, y su voz, aunque inexpresiva, cargaba con un odio antiguo, sonando como el crepitar de una hoguera que consume un bosque.

  —Disfruta tu peque?o momento de heroísmo —a?adió la de hielo, cuya voz era un susurro gélido que parecía congelar el aire en los pulmones de quienes la escuchaban—. Pero no te equivoques. Esto es solo el prólogo de tu caída.

  Antes de que Alexis pudiera siquiera lanzar una nueva estocada, la tierra bajo sus pies tembló con una magnitud sísmica. No era un ataque directo contra ella, sino una maniobra de escape. Una columna de fuego rugiente envolvió a la primera traidora, elevándose hacia las nubes, mientras un torbellino de escarcha absoluta cubría a la segunda, creando una barrera infranqueable de frío cero. Las dos energías elementales, fuego y hielo, chocaron entre sí en el centro del pilar, creando una reacción en cadena que culminó en una explosión de vapor y luz que cegó temporalmente a todos los presentes.

  Alexis se cubrió el rostro con el brazo, protegiendo sus ojos azules del resplandor insoportable. Cuando finalmente el aire se aclaró y pudo volver a mirar, la calle estaba sumida en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido lejano de las sirenas y el siseo del agua evaporándose sobre el pavimento caliente. La avenida principal estaba sembrada de cráteres, metal fundido y restos de escarcha que se derretían a una velocidad antinatural, pero las dos mujeres habían desaparecido sin dejar rastro, como si hubieran sido una alucinación colectiva nacida del calor.

  Alexis se quedó sola en medio del caos total, con su lanza de luz desvaneciéndose lentamente entre sus dedos, convirtiéndose en partículas de polvo dorado que regresaban a la gema en su cinturón. El silencio era pesado, cargado con el eco de la amenaza que acababa de recibir y el latido acelerado de un corazón que, aunque ahora era el de una guerra divina, seguía perteneciendo a una mujer preocupada por su hogar.

  Miró a su alrededor, viendo los restos de la batalla ya la gente que empezaba a salir de sus escondites, mirándola con una mezcla de terror y veneración. Alexis no se sintió una heroína. Se sintió como alguien que acaba de abrir una puerta que nunca podrá volver a cerrar. El peso de un mundo que apenas empezaba a entender, un conflicto que abarcaba las estrellas y que ahora tenía a su peque?o pueblo en el punto de mira, caía sobre sus hombros con la fuerza de la gravedad. La guerra había comenzado, y ella era la única luz capaz de enfrentar la oscuridad que se avecinaba para proteger lo único que realmente amaba: la mirada valiente de Alan.

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