El abrazo de las murallas de piedra fortificada abrigaba a gran parte de la Capital. Sus muros se alzaban grandiosos y resistentes a quince metros sobre el suelo.
Hacia el sur y suroeste, solo las granjas y las humildes moradas de los campesinos yacían más allá de la ansiada protección de la defensa coronada. Hacia el norte y oeste, se difundía un prado salpicado por la tenue luz de la luna; tan extenso que abarcaba toda la vista a pie de la muralla. Desde las almenas se divisaban también peque?as colinas que se elevaban en el horizonte ennegrecido, y así, impedían apreciar la difusión de la naturaleza en sus agrestes bosques que se encontraban detrás.
Las torres de guardia de ladrillo ceniciento se asentaban dentro del muro, cada una situada a unos cien metros de la más próxima. El adarve entre ellas era tan espacioso que diez soldados podían fácilmente recorrerlo hombro con hombro durante kilómetros de empedrado gris.
La madrugada se mostraba apacible ante una ciudad sumida en el letargo. El prado padecía de una desolación y un silencio digno de un sepulcro.
En la faz oeste de la muralla, un dúo de soldados hacía vigía en los rústicos adentros de una de las torres.
— No hay nada en esa condenada llanura — rugió con voz hosca el más entrado en a?os por segunda vez. —. Ya para de mirarla como si fuese el busto de una prostituta carnosa.
Lucía un enmara?ado cabello cano que le llegaba hasta la cintura. Su barba era tupida, igual de revuelta, y vulgarmente guarnecida por restos de pan de ajo. Apoyaba los pies sobre una mesa, y se mecía en su silla con desmedida comodidad, mientras sobre la prominente tripa reposaba una jarra con un extra?o líquido que pretendía sin lograrlo asemejarse a la cerveza. Su armadura de cota de malla se hallaba tirada al fondo de la peque?a y umbría habitación.
— Solo estoy haciendo mi trabajo — replicó el joven de inmediato. —, el mismo que tú también deberías hacer.
Por su parte, el otro quién montaba guardia era delgado, más de lo que se pensaría sanamente aconsejable. Y, a decir verdad, se le notaba frágil. Pero con sobrada disciplina, se tomaba en serio sus obligaciones. Tanto que durante la velada no había sido capaz de apartar su cansada vista de la llanura por más de diez segundos. Observaba con sumo recelo la quietud del panorama gris que se cernía debajo como si su vida dependiera de ello. Estaba decidido a cumplir con su deber, al tiempo que le daba la espalda a su vago compa?ero de guardia. Una ballesta cargada se posaba frente a él, descansando en el alfeizar del mirador.
— ?De verdad eres tan imbécil como para pensar que ese desgraciado y calvo de Hengist te promoverá si haces tu trabajo? — preguntó antes de vaciar su jarra de ?cerveza? de un violento trago. — Ese infeliz no hace más que abusar del poder que tiene. Solo es un patán que tuvo la dicha de nacer en alta alcurnia.
— Que un comandante sea estricto y agraviante no lo convierte en un mal líder — El joven apoyó los brazos cubiertos por la cota de malla sobre el alfeizar y suspiró de forma abismal. —. Lord Hengist solo hace lo necesario para deshacerse de los endebles e indisciplinados.
? Endebles e indisciplinados como solo tú lo eres, bastardo ?, pensó el muchacho.
Se habían conocido por primera vez al inicio de su guardia, pero ninguno había mostrado el menor interés en preguntar el nombre del otro. El joven no descuidaba sus obligaciones como centinela; y el viejo estaba demasiado ocupado embriagándose como para importarle cualquier asunto atiborrado de vacía formalidad.
Los Miserables Centinelas eran un infortunado grupo de la Guardia de la Ciudad. El conde Nathan Hengist reservaba este ?gran honor? a soldados sin experiencia, de pésimo rendimiento o aquellos a los que simplemente no estimaba lo más mínimo. Si bien los de cuestionable disciplina también eran merecedores de la obligación más monótona e insufrible. La actitud de aquel hombre se acostumbraba tan severa y adusta contra los que yacían por debajo que era respetado por pocos, temido por muchos y despreciado en amargado mutismo por la mayoría de sus subordinados.
El hedor que desprendía lo que sea que el viejo estuviese bebiendo impregnaba la habitación de un olor fuerte y amargo hasta rozar lo espantoso.
— Te diré algo, ni?o — De improvisto la voz del viejo comenzó a sonar más embriagada. —. Llevo… como quince a?os de servicio — Necesitó de los dedos de sus manos para contar torpemente. —, más o menos desde que Leonor es Rey. ??Y en todos esos a?os sabes que he conseguido!? Dinero… para putas y cerveza. Nada más… Bueno, y para otras bebidas también. — Desde hacía por lo menos una hora había estado atragantándose del barril de bebida fermentada que confiscase ?en nombre de la Familia Real? a un comerciante lo bastante ingenuo del mercado de brebajes.
La espontaneidad con la que aquella extra?a cerveza de dudosa confección comenzó a surtir efecto le pareció absurda. El joven suspiró aún más, y apretó los pu?os, en una lucha interna para no girarse y descargarle una bofetada. Estaba dispuesto a rezar para que aquel sujeto cerrase el pico de una buena vez.
— Te lo juro, chico — El viejo comenzó a lloriquear repentinamente. —. En un principio lo intenté. Me esforcé como no tienes idea. Tanto o más que tú, pero todo fue en vano. No sirvo para esto, soy un fracaso. Hasta mis hijas se avergüenzan de mí. Ya ni siquiera me dirigen la palabra… ?Me escuchas, ni?o? Por lo que más quieras, di algo.
El muchacho quedó atónito. Buscó un par de frases de consuelo en su cabeza por mera cortesía, a pesar de no entender lo que le estaba ocurriendo.
Y tras un enérgico eructo que ba?ó la torre de una peste inmunda, el hombre, fuera de sí mismo, se levantó de golpe, y empezó entonar a todo pulmón una cancioncilla repleta obscenidades acerca de la generosidad de las caderas de su Reina de Liongborth. Y sin previo aviso, un bulto en sus pantalones de tela sin te?ir dejó en claro la pasión salvaje que le profesaba a la letra.
Justo cuando el joven creía que las cosas no podían empeorar. Se volvió hacia el mirador, y se llevó una mano al rostro, exasperado, mientras deseaba hallarse en cualquier otro lado antes que allí. Tenía claro que era la bebida, pero no quería ni imaginar qué clase de sustancias provocaba tal desquiciado descontrol.
Su enardecida canción entonaba con voz áspera y errática se interrumpía constantemente por berridos fugaces. Más tarde intentó rebosar de nueva cuenta la jarra de madera con aquel extra?o líquido, pero en su torpe intento derramó todo el barril. Y tambaleándose, rondó por la habitación sin rumbo claro y haciendo como que bailaba.
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— ?Te lo juro, ni?o! — gritó estrepitosamente al tiempo que alzaba de forma solemne una de sus manos. — ?Te lo juro por el glorioso y venerable culo de la Reina, que habría hecho todo lo posible para…! — La voz del viejo se detuvo de exabrupto, ahogada bajo el silbido cortante del acero.
Y su frenesí y aliento alcoholizado se desvanecieron al momento.
El desgarro inconfundible de la carne contra el metal alertó al muchacho, quien cogió rápidamente la ballesta como reflejo instintivo. El sobresalto vino después, cuando al volverse los ojos se le horrorizaron. Su compa?ero, el hombre que cantaba con vigor hasta hacía escasos segundos, se encontraba con los brazos colgando y un rostro que se había quedado petrificado en gesto de espanto. La espada que le traspasaba la nuca surgía ba?ada en sangre fuera de su boca como si se tratara de una lengua que hubiera conseguido acallarlo para la eternidad.
Las manos temblorosas del chico sostenían el arma que apuntaba vacilante hacia aquella silueta que se alzaba detrás de su antiguo compa?ero. Mudo de consternación, pudo reconocer entre la penumbra que lucía los ropajes de color blanco y verde y la armadura de cota de la Guardia de la Ciudad.
? ?Por qué? Es uno de los nuestros ?, se atrevió a pensar con una brizna de razón que desafiara su aterrorizada mente.
El asesino retiró la espada con dureza, y dejó caer de bruces a su víctima, quien se estampó inerte contra el suelo en un golpe que dejó tras de sí un crujido espantoso. Los ojos del hombre se posaron sobre el chico. Eran del color más negro que podía existir, como un par de cuencas vacías en una calavera. Se limpió la sangre de la hoja con una de sus mangas destrozadas, y con una pasividad insólita se acercó hacia su próximo objetivo.
El joven estaba al borde del pánico. Era la primera vez en una vida que la muerte le plantase cara. El cuerpo le tiritaba y el aliento le afloraba entrecortado. Y cuando más el miedo se había apoderado de él, una voz en su cabeza le gritó que hiciese algo, cualquier cosa, o moriría de igual o peor forma que aquel viejo cuyo nombre jamás conocería. Decidido, hizo prontamente acopió de valor, asumiendo las consecuencias de matar a uno de los suyos, aunque fuese un homicida, y disparó.
El soldado dio apenas un paso adelante, y en un parpadeo, la saeta se incrustó de lleno en su garganta. Y en seguida, recortó un paso más, y después otro, sin más impresión que un ligero cabeceo.
El alarido que se escuchó no salió de otra boca que la del joven, presa del horror y la desesperación al encontrarse con aquellos ojos amedrentadores, vacíos como los de un muerto, sobre un rostro que no reflejaba emoción de ninguna clase. Parecía no tener vestigio de alma o piedad.
Y como por encanto o milagro, un latigazo de vivacidad azotó sus carnes, y a prisa buscó recargar el arma. Miró a todos lados sin hallar cerca alguna saeta. Intentó dar un rodeo al enemigo, y alcanzar los suministros de la esquina contraria, pero sin mucho éxito. Tardó demasiado en reaccionar, y la tercera zancada fue la última. El guardia le hundió la espada en el estómago de una estocada que traspasó con facilidad pasmosa la cota de malla recién hecha, y finalmente la carne de la parte baja de su espalda. Esta vez no gritó. Tan solo abrió la boca y dejó escapar un gemido sordo y efímero. El frío del acero inundó sin piedad su torso, mientras percibía cómo la calidez de su sangre se le derramaba por la cara interna de las piernas.
Tan desolado como atajado de dolor ante la perspectiva injusta de su propia muerte, levantó la mirada hacia los ojos de su asesino. Se arrepintió al momento de atisbar la palidez de su cadavérico semblante surcado por minúsculas venas tan negras cual ceniza, que brotaban de sus ojos muertos como peque?as protuberancias palpitantes. La mitad de una mejilla era carne muerta, con la nariz supurante hecha jirones. Conservaba un rostro aterrador, incluso macabro, desprovisto de todo placer o culpa.
El muchacho titubeó en un impulso por pronunciar sus últimas palabras, pero su agonía irrevocable aplacó cualquier esfuerzo.
Solo había querido hacer bien su trabajo. Para que tarde o temprano lo ascendieran a un mejor puesto. Para ser alguien. Para tener un nombre que valiera algo.
Y por desgracia, su dolor estaba lejos de acabar. El verdugo le introdujo su hoja con incluso mayor fuerza, y zarandeó sus ya destrozados órganos sin vacilación, hasta que la cruz de la espada se topó inevitablemente con su abdomen. Después, el maldito lo alzó en el aire. Cuando sus pies se separaron del suelo y el filo comenzó a desgarrar su pecho, el resto del mundo se fue apagando, aunque así él no lo quisiese.
— Con eso bastará. — susurró una voz femenina en la oscuridad.
El Interfecto acató la orden. De inmediato separó la espada del cuerpo de su segunda víctima, que se desplomó al suelo como una masa sin vida, y bajó el arma. Se enderezó solo para quedarse quieto, mientras miraba a la nada con sus ojos ennegrecidos.
La mujer surgió de entre las sombras para mostrarse ante el débil resplandor de una antorcha. Una túnica de tela negra deste?ida y una capucha la vestían, y conservaban el enigma de su aspecto. Se acercó a paso vivo hacia el cadáver todavía tibio del hombre más delgado.
— Hazte para atrás. — ordenó, y su subordinado obedeció presto, con movimientos rígidos y sin dibujar mínima expresión.
La mujer sacó una cuchilla de la manga de su túnica, y se tendió sobre el cuerpo ensangrentado. Tan fría como el más crudo invierno, le abrió una herida profunda en el cuello con su hoja de acero recién amolada, por cuanto aversión le producía degustar la que hubiera tocado el suelo.
La habitación de la torre se había vuelto un viscoso chiquero, cuando por una orden muda el soldado arrojó a su lado el cuerpo inanimado del viejo.
Y pronto se halló de nuevo firme e inmutable. Una peste a sulfuro y amoníaco emergía del guardia en pie de lucha. Sus ropajes despedazados mostraban indicios de batallas anteriores, y llevaba a la altura del pecho una cruz invertida que le habían trazado con sangre. De la herida producida por la flecha empotrada en su cuello esbelto emergía una sustancia espesa, negra y escarlata, que se asemejaba al magma agonizante en cierto punto.
— Tal vez esté un poco demacrado — se?aló la mujer con voz ani?ada. Una sonrisa perversa le ribeteaba la descolorida piel. —, pero nos servirá, Belial. Por ahora.
Entre risitas de júbilo, acarició al cadáver. Luego, alzó las manos repletas de peque?as cicatrices con las palmas hacia arriba, y la sangre que brotaba de su garganta reptó en hilos lentamente, como serpientes que remontaran el aire, atraídos por los encantos de su magia, por el recorrido que describían sus dedos. Juntó por fin sus manos a modo de cuenco, y una vez lo llenó hasta desbordar con la sangre fresca de su futuro sirviente, se las llevó a la boca.
La desgastada capucha negra cayó hacia atrás, revelando un aspecto delicado, un tanto huesudo y con pómulos prominentes, cuando levantó el rostro. Los ojos de un color azul lustroso, semejantes al lapislázuli, observaban desorbitados cómo su venganza daba inicio. Casi parecían resplandecer por sí solos. El cabello casta?o rojizo le caía lacio sobre los hombros delgados.
Pareció deleitarse al probar de la sangre del cordero, eufórica, como si del más exquisito vino se tratase. Feliz y juguetona, plenamente satisfecha, recabando lo que chorreaba de sus labios con la punta de la lengua. Tragó y se relamió una y otra vez, poco antes de esbozar una sonrisa complacida de dientes sanguinarios en medio del más placentero de los éxtasis que recordaba. En breves, respiró de los aromas que la envolvían, y llenó sus pulmones hasta no poder más. Cuando logró condensar el fuego que ardía en sus entra?as, se inclinó hacia el cuerpo de la víctima, y expulsó de su boca un humo espeso, negro y rojizo, que lo rodeó para que insuflase en él un trozo de alma y de fuego en el corazón.
El silenció reinó sobre la torre hasta que la exhalación se hubo dispersado. Y solo entonces, el alguna vez muerto retornó a la vida, revelando sus ojos ónice.
— Bienvenido a mi Guardia de Interfectos — declaró Mary con voz dulce, al tiempo que se adjuntaba las manos contra el rostro de forma encantadora. —. Bienvenido al preludio al purgatorio.

