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Capítulo 19: Sangre en el Trono de Piedra

  El pueblo estaba llegando a la plaza pública donde verían a Lizarel, una marea humana ansiosa por conocer el rostro de la mujer que había unido dos reinos. El calor de Jericó pesaba sobre los hombros de los cargadores mientras preparaban la litera real.

  —Suba con cuidado —dijo Amreh, extendiendo su mano para ayudar a Lizarel a acomodarse.

  Lizarel se subió a la silla y esperó a que llegara el Rey. El murmullo de la multitud afuera era como un trueno lejano. Entonces, Hadram se acercó y, con un gesto casi tímido, puso una flor en las manos de Lizarel.

  —Perdón —susurró él, buscando su mirada.

  —Ahora pides perdón —respondí, manteniendo el rostro serio, sin dejar que la fragancia de la flor ablandara mi corazón.

  —Amor, no seas tan dramática.

  —Ja, sjjsjs, dramática... Dramática es para idiotas. No te hablo porque no quiero saber nada de ti ahora, es eso.

  —Escucha, si estás...

  —Odio cuando me mientes —lo interrumpí, bajando la voz para que solo él escuchara—. No me dices a dónde vienes, a dónde vas, con quién... Eso me irrita. No me importa si sales a divertirte, pero odié que me dejaras sola esa noche especial. Lo siento.

  —Lizarel...

  —Después hablamos. Si no me dices quién es esa mujer que amas, seré feliz; pero si no, entonces olvida que existo.

  Hadram guardó silencio un momento, el peso de la verdad finalmente cayendo sobre él. —Bueno, se llama... se llama Leora.

  —Leora —repetí el nombre, sintiendo cómo se grababa en mi memoria como una quemadura.

  —Sí, ese es su nombre. ?Dejarás de ignorarme?

  —Después te digo, entre la plaza pública.

  —Eres muy atrevida —dijo él con una media sonrisa.

  —Y tú un tonto.

  El Rey Zekeriel se acercó en ese momento, observando la tensión entre ambos. —?Listos, nuera? ?Ya hicieron las pases?

  —Un poco, pero sé que lo hará —respondí con elegancia.

  —Bien, vamos.

  El Rey se subió a la silla y luego las personas empezaron a caminar. En la época no usaban carruseles como en los cuentos o historias medievales, usaban proto-carruseles conocidas en ese tiempo como personas que cargaban a los nobles como reyes.

  —?Vamos! —ordenó el Rey.

  —?ABRAN LAS PUERTAS DEL PALACIO AHORA! —gritó Tibar con una voz que hizo vibrar los muros.

  Las puertas se abrieron y el pueblo empezó a alegrarse. El Rey Zekeriel salió del palacio y empezó a saludar, y el pueblo se alegraba al ver al soberano. Entre la multitud, en un rincón de la plaza, tres mujeres observaban con atención.

  —Allí está el Rey —dijo la Patrona.

  —Sí... Leora, ven.

  —Espera —murmuró Leora, ocultándose tras su velo.

  —?Tienes miedo?

  —No, pero ahora conoceré a la esposa de Hadram.

  Hadram salió a caballo y el público se desbordó en júbilo.

  —?VIVA EL REY! ?VIVA HADRAM!

  Mientras que Lizarel traía tapado su rostro para que no vieran cómo era, una sombra de misterio que alimentaba la curiosidad de los plebeyos.

  —Allí está —se?aló Leora.

  —Es ella, pero no la veo.

  —Dicen que cuando son extranjeras y más bellas que todas las mujeres, no las podemos ver porque son cubiertas hasta llegar a una terraza donde se conocerá la nueva reina. Por eso —explicó la Patrona.

  —Entiendo... —susurró Leora, sintiendo que su corazón latía con una mezcla de envidia y miedo.

  Mientras tanto, el Rey llegó al segundo palacio especial donde se realizaban las presentaciones oficiales. Los portones del palacio se abrieron con un chirrido pesado.

  —Bien, Hadram —dijo el Rey Zekeriel, indicando que era el momento.

  —Sí, mi soberano y padre.

  Lizarel estaba adentro y tapada, una joya oculta en la penumbra del gran salón. Hadram se acercó a ella.

  —Lizarel...

  Las cortinas se levantaron y Lizarel vio a Hadram bajo la luz de las antorchas.

  —Lista, amor. Vamos, el pueblo te conocerá. ?Lista?

  —Claro.

  Hadram puso su mano y Lizarel la tomó, bajando con cuidado de la litera.

  —Vamos, amor.

  —Claro.

  Hadram tomó la mano de Lizarel con delicadeza y la puso en su brazo, mientras que Lizarel seguía seria aún, manteniendo su distancia emocional.

  —?Aún estás enojada? —susurró él al caminar hacia la terraza.

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  —No sé, dime tú.

  —Enojada y cubierta eres más linda y perfecta...

  —Ja, idiota eres, se ve...

  —Tú eres más perfecta, ?lo sabías?

  Antes de salir a la luz, Hadram besó a Lizarel con delicadeza, pero antes le alzó ligeramente el velo para ver sus ojos. En un rincón de la terraza, las otras esposas observaban la escena.

  —Mucha gente vino a ver a Lizarel —comentó la Tercera Esposa.

  —Ja, ya veremos si ella lo logra —sonrió la Segunda Esposa con una maldad que helaba la sangre.

  —?Esposo mío! —llamó la Tercera al ver llegar al Rey.

  —Mis esposas —saludó Zekeriel.

  —Mi amor, mi soberano —dijo la Segunda, acercándose con fingida devoción.

  —Vamos... Vaya, parece que se entendieron —notó el Rey al ver a Hadram y Lizarel.

  —Claro, ella es mi esposa, la futura reina —declaró Hadram con orgullo.

  —Soberano y suegro, parece que anda con sus esposas —comenté con un tono neutral.

  —Sí, ellas son en las que confío.

  —Espero que la gente te admire —dijo la Segunda Esposa, fingiendo el bien con una máscara de amabilidad.

  —Gracias —respondí, sin creer ni una palabra.

  —Vamos —sentenció el Rey.

  —Claro.

  Abajo, en la plaza, la tensión de Leora crecía. —?Estás más ansiosa por conocerla, no? —preguntó la Patrona.

  —Sí... ?Qué puede ser tan hermosa y perfecta que yo?

  Entonces, el Rey Zekeriel apareció en la terraza y el pueblo se alegró al verlo.

  —?VIVA EL REY ZEKERIEL! ?VIVA EL REY ZEKERIEL!

  —?ATENCIóN! —gritó el Rey—. ?Sé QUE TODOS ESTáN EMOCIONADOS, ASí QUE HOY CONOCERáN A LA PRINCESA LIZAREL!

  Hadram dio un paso al frente. —?PUEBLO! Sé QUE TODOS DE AQUí ESTáN ANSIOSOS POR CONOCER A MI ESPOSA. ESPERO QUE LA RESPETEN, ASí COMO SOY RESPETADO YO Y, PRINCIPALMENTE, EL REY.

  Leora, al ver a Hadram tan feliz, sintió una punzada de dolor. Hadram, con delicadeza, agarró la mano de Lizarel. Todos estaban ansiosos al ver que ella traía un velo, y el público se puso más alegre y curioso. Hasta que...

  A pesar de que el público estaba ansioso de verme como la más bella, yo misma, con mis propias manos, me quité el velo, mostrando mi belleza ante el público como un sol rompiendo las nubes.

  —Es muy hermosa... —se escuchaba el susurro colectivo del pueblo.

  —Qué linda es —dijo la Patrona, sorprendida.

  —Sí, más bella que todas las mujeres —a?adió la otra mujer.

  Leora, al ver a Lizarel, comprendió finalmente por qué Hadram se había casado con ella. Era una belleza que no pertenecía a este mundo.

  —?Leora, Leora, ven aquí! —la llamaron, pero ella estaba hipnotizada.

  Mientras admiraban la belleza de Lizarel, todos se alegraron.

  —?BIEN! ?DISFRUTEN ESTE MOMENTO, SíRVANSE Y CELEBREN! —exclamó el Rey.

  El pueblo, al ver un montón de comida, empezó a comer con desesperación, mientras que los nobles en la terraza mostraban cómo no les importaba; comían con delicadeza mientras el pueblo celebraba.

  —Entonces así fue —decía el Rey, mientras las esposas reían de sus anécdotas.

  Hadram se acercó a mí con una peque?a caja. —Esta joya es para ti.

  —Gracias, pero aún no te perdono —respondí, sin mirarlo.

  —?En serio? ?Entonces una joya no te alegra?

  Me acerqué y le susurré algo al oído que hizo que Hadram abriera los ojos de par en par.

  —Lizarel... ?tú quieres eso?

  —Entonces, ?no?

  —Yo siempre te amé. Lo haré.

  —Eso espero.

  —Bien, entonces... ?me perdonarás si hago esa petición tuya?

  —Sí.

  —Entonces más al rato, mi amor.

  Mientras ellos platicaban y todos estaban felices, algo pasó. El Rey Zekeriel se levantó para un último brindis.

  —?PUEBLO MíO, DISFRUTEN ESTE MOMENTO, ?ENTENDIDO!

  —?DISFRUTEN ESTE BANQUETE, PUEBLO MíO! —a?adí yo, sintiendo el triunfo en mis venas.

  Hadram admiraba mi belleza, sin saber que el peligro acechaba en las sombras de los edificios circundantes.

  —Brindemos... ?SALUD! —gritó el Rey.

  —?SALUD! —respondió el pueblo.

  Cuando todos alzaban su copa, alegres, de la nada una flecha surcó el aire y se clavó en el brazo de alguien. Lizarel tiró su copa instantáneamente al sentir el impacto.

  —?Lizarel! ?Qué pasa? —gritó el Rey.

  —?Ahhhh! ?Ella! —chilló la Segunda Esposa.

  —?Lizarel! —Hadram la sostuvo.

  De la nada, solo pude sentir un dolor tan agudo que todo se volvió negro. Me desmayé en los brazos de mi esposo.

  —?LIZAREL! —el grito del Rey resonó en la plaza.

  —?Por los dioses, Lizarel! ?Ayúdenla! —gritaba la Segunda Esposa, con un tono que no se sabía si era de auxilio o de triunfo.

  —Nuera... ?Quién habrá hecho eso?

  —Alguien aventó una flecha y cayó hacia Lizarel. ?Lizarel, amor, despierta! ?Despierta! —Hadram quitó la flecha con desesperación.

  Pero luego empezaron a llegar más flechas como una lluvia maldita. Hadram cubrió mi cuerpo con el suyo para protegerme, aun estando yo desmayada. El pueblo, al percatarse del ataque, entró en pánico. Muchas personas empezaron a correr; unos morían bajo las flechas, otros luchaban por sobrevivir.

  Hadram también recibió un flechazo, pero tuvo la valentía y la fuerza de cargarme en sus brazos.

  —?Vengan! ?Hijo, cómo está Lizarel! —gritó Zekeriel mientras buscaban refugio.

  —Lizarel se desmayó. ?Debemos salir de aquí o ella va a morir!

  —No podemos salir si no morimos. Tú también recibiste una en la pierna, no podrás...

  —Poco importa. ?Yo salvaré a mi esposa!

  —?HADRAM! ?HADRAM!

  Hadram salió del segundo palacio corriendo, cargándome a pesar del dolor de su propia herida. La multitud corría en todas direcciones, pero él solo tenía ojos para mí.

  —?TIBAR!

  —?PRíNCIPE! ?Qué hace?

  —?Ayúdame!

  Las flechas caían en todos lados como lluvia de metal.

  —Príncipe, no lo haga. Subir al caballo con su esposa... va a morir.

  —No importa. ?Vamos!

  Hadram subió a su caballo y me cargó en sus brazos. —?IAY, IAY, IAY!

  —?USTEDES PROTEJAN AL REY! ?Y USTEDES, VAMOS A PROTEGER AL PRíNCIPE Y LA PRINCESA AHORA! —gritó Tibar con autoridad.

  Los soldados formaron un escudo humano mientras cabalgábamos. En medio del galope, abrí los ojos un momento.

  —Hadram...

  —Lizarel... ?IAY, IAY!

  —?Qué sucede?

  —Tranquila, ya casi llegamos al palacio...

  Volví a cerrar los ojos. Casi llegando al palacio, una flecha alcanzó al caballo, que cayó estrepitosamente. Hadram y yo rodamos por el suelo.

  —?PRíNCIPE! —gritó Tibar.

  Hadram, a pesar de haber caído, me mantuvo en sus brazos, protegiendo mi cabeza del impacto. Los soldados nos rodearon y nos ayudaron a entrar finalmente al Palacio Real.

  —?LLAMEN AL MéDICO AHORA!

  —Sí, príncipe.

  Hadram me cargaba mientras en el otro palacio, el Rey y sus esposas esperaban que el ataque cesara.

  —Ojalá que paren —susurró la Segunda Esposa.

  —Sí, ya quiero que termine esta pesadilla —a?adió la Tercera.

  —No se preocupen, por favor —dijo el Rey, aunque su rostro era una máscara de preocupación.

  En el palacio, Hadram me dejó sobre una cama. —Lizarel... calma, sí, amor... sí.

  —Príncipe —llegó el médico.

  —Mi esposa sufrió un flechazo en el brazo y quedó desmayada. ?Por favor, sálvela!

  —Claro, príncipe.

  El médico empezó a examinarme con delicadeza mientras Hadram, herido y sangrando de la pierna, se mantenía en pie a mi lado, negándose a ser atendido hasta saber que yo estaba a salvo. Después de una hora, el ataque cesó. El Rey regresó al palacio escoltado por Tibar.

  —Abran las puertas... —ordenó Tibar.

  —?REY, NOS VAN A MATAR! —gritaba un noble.

  —Yo los voy a proteger —sentenció Zekeriel.

  —Tibar, dime algo. ?Qué pasó con esos flechazos? —preguntó el Rey al entrar.

  —Aún no estamos seguros, pero es mejor irnos, soberano.

  —?Y mi hijo? Mi nuera... ella fue herida, dime.

  —él está bien, soberano, no se preocupe. Su nuera ya está con el médico.

  —?Ay, ?qué bueno! Vamos.

  Al cruzar la plaza, vieron el horror: cientos de personas asesinadas por la lluvia de flechas.

  —Qué horror... cuántos muertos —dijo la Segunda Esposa, ocultando su satisfacción.

  —Sí... por los dioses —a?adió la Tercera.

  —Qué terrible... vamos.

  Llegaron finalmente al Palacio Real. Las puertas se abrieron y el Rey ordenó: —Esposas, vayan al harén, sí.

  —Claro.

  —Tibar, vamos a ver a mi nuera.

  —Claro, soberano, vamos.

  Mientras se alejaban, la Tercera Esposa le susurró a la Segunda: —?Tú crees que ella siga viva?

  —Yo espero que no... —respondió la Segunda con una sonrisa gélida.

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